Yacuca, la montaña que se desconocía

en Cuentos/Narrativa

En una cordillera lejana de toda ciudad, donde los bosques se conservaban verdes, los animales bebían de ríos que fluían tan limpios tal cual nacían, el aire era puro y frío para refrescar los pulmones. Allí vivía una pequeña comunidad de montañas.

Tranquila vivía Yacuca, una montaña grande y joven de apenas unos 60 millones de años, que gustaba de vivir cerca del mar para mojar sus pies y aspirar el aire salado. Su nombre, apenas el recuerdo de un antiguo pueblo humano que la veneraba, creyendo que en la cúspide de su cabeza vivía una diosa; pero como para ella resulta extremadamente difícil mover su cabeza, nunca supo qué hay en su coronilla.

Las montañas son conscientes que, de moverse, debe ser lo mínimo, de lo contrario las consecuencias serían inimaginables, desastrosas para animales y plantas a su alrededor. Por eso, Yacuca solía pasar el rato observando y observando, al punto de desarrollar un agudo sentido para identificar, relacionar y hasta catalogar:

– Éste, por su cola y colores, es familia de aquél pájaro hace un millón de años; ése de cuatro patas sin duda es primo de aquél con bigotes de hace diez mil años. Esa mata, que extraña, no cambia nada en 10 millones de años – Se decía Yacuca cada vez que algo se cruzaba frente a su rocosa nariz.

También tenía una memoria privilegiada, por lo que reconocía cuál ser había nacido en el seno de su bosque, y con instinto materno les ofrecía alimento, también fruto de su cuerpo. Sin importar los siglos, recordaba con nostalgia cada especie a la cual había presenciado su nacimiento y muerte; pero luego miraba con alegría cada nuevo nacimiento que ampliaba su catálogo de vida.

En general se sentía muy orgullosa de sí misma. Con la postura bien firme exhibía los hermosos tonos verdes que vestía con elegancia todo el año; y un tanto vanidosa, gustaba usar un sombrero blanco diferente cada día, diseñados solo para ella por el viento. Inteligente, perspicaz y hermosa, Yacuca vivía con alegría.

Sin embargo, un pesar la invadía en ocasiones. Aunque era miembro de la comunidad de las montañas, ella se encontraba un poco más dispersa y alejada, entonces le resultaba difícil entablar conversación, por lo que quedaba aburrida y decepcionada de que nadie más apreciara la belleza de su alrededor y, por supuesto, la suya propia.

Un día; comenzando el verano y acabadas las lluvias, los charcos ya secos y un liso azul adornando el cielo; Yacuca se entretenía viendo venados hidratándose en la quebrada, hasta que notó, río abajo, a un hombre subir por sus faldas. – ¡Que soberbia! – piensa la montaña del primer humano que se había acercado tanto. Estaba indignada, un tanto temerosa por los rumores; pero la curiosidad pudo más, por eso guardó silencio para observar en qué andaba ese hombrecillo.

Apreció que estaba mucho más cubierto que los otros seres humanos que recordaba milenios atrás. Una pieza blanca cubría su torso, otra verde la cadera y muslos hasta las rodillas; en los pies una robusta protección hasta los tobillos. Como si fuera una tortuga, llevaba en su espalda una especie de caparazón blanda y cilíndrica, casi tan grande como él; además, protegía su rostro del sol con una graciosísima prenda que le recordaba la cabeza de un pato. Su piel era clara, se le veía delgado y fuerte, un rosto de gran sonrisa y ojos brillantes. –Pareciera bueno- Se dijo Yacuca. Casualmente subió la colina hasta llegar a la quebrada en donde estaban los venados que hacía rato se habían ido. Se arrodilló en una orilla dejando su carga a un lado, tomó un envase que llevaba a un costado, lo llenó de agua y luego con las manos se enjuagó la cara. Refrescado, sacó comida del caparazón y comió sobre una piedra a la orilla del río bajo la amplia sombra de los árboles.

Para Yacuca, ese individuo era todo un espectáculo.- ¿Qué come?- Se preguntaba porque no lograba darle forma ni sentido, unos cuadrados blandos y blancos, que llevaba guardados en una caja transparente de material inexplicable, ni siquiera en la variedad de formas de los guijarros del río había visto algo parecido. Cuando el hombre ya se veía satisfecho y a punto de seguir la marcha, decide preguntarle en esa lengua universal que sólo la naturaleza sabe pronunciar:

-¿Quién es usted?

El hombre, no tan sorprendido como se hubiese esperado, responde a la pregunta poniéndose de pie, y consciente de la solemnidad del momento, gentilmente responde:

– Buenos días. Solo soy un humilde explorador que viene a hacer su trabajo. Siempre había admirado la exuberante belleza de esta zona, aunque toda mi percepción se ha quedado corta ahora que finalmente estoy aquí. Sin duda es usted la montaña más hermosa que he conocido, y me siento muy orgulloso del ser el primer explorador que se atreve a conocerla.

– Bien explorador- Contesta la montaña sin mostrar interés a sus adulaciones – ¿Qué se supone que hace?

– Mi trabajo consiste en recorrer y estudiar sus secretos más recónditos, sus maravillosos encantos, para luego mostrárselos al mundo.

Incrédula, Yacuca responde: –Dígame, señor explorador, ¿qué es exactamente lo que usted quiere conocer y compartir?, ¿qué encantos quiere usted mostrar a ese tal “mundo”?

El explorador levanta sus ojos castaños hacia el cielo, como si las nubes y pájaros le ayudaran a dar forma a sus palabras; luego vuelve la mirada hacia Yacuca y dice:

–  Reconozco que mis capacidades son limitadas, pero aun yo puedo apreciar la belleza sin igual cuando la veo. Sobre sus encantos, no le miento ni exagero que se aprecian en cada ínfimo detalle de su presencia; desde el momento en que se mira su pico nuboso a la distancia, el amplio y espeso verde que la cubre cual pollera, y la gran vegetación que se exhiben como joyas. En concreto, soy un espeleólogo, me quiero dedicar a los secretos que yacen en su interior.

Yacuca estaba intrigada. Ella era capaz de entender cualquier lengua, sin importar en qué idioma la disfrazaran, pero se había topado con una palabra con un significado más complejo de lo que ella acostumbraba. Directa e inquisitiva, pregunta:

-¿Qué es un espeleólogo?

– Es simple y maravilloso – responde con una sonrisa. – Nos dedicamos a explorar y documentar cavernas, cráteres y cuevas, cartografiarlas y mapearlas. Nos dedicamos a conocer los secretos dentro de las montañas, lo que nadie más logra ver a simple vista – ¡Ja!. La risa de la montaña interrumpe.

– Hombrecillo explorador, perdón que me ría pero no puedo evitarlo ante tal muestra de ingenuidad. Yo soy joven, pero en comparación a mis millones de años, usted es solamente un pestañeo. Llevo milenios viendo cómo crece y generan vida mis bosques, viendo aparecer y desaparecer especies; de una vez le digo, la suya no es mejor a ninguna de ellas. Y ahora resulta que viene a decirme que va a conocer algo que yo no sé ¡Ja!

Ridiculizado, el espeleólogo pierde la sonrisa.

– De verdad señor espeleólogo. Mi actividad favorita es observar, me conozco de pies a cabeza y cada fenómeno que sucede en mí ¿Quién mejor que yo para enumerarle mis supuestos secretos? Y viene a meterse en cuevas, cuáles cuevas, quién le dijo que aquí hay. Irregularidades así jamás me hallará.

Hubo un silencio. El espeleólogo miraba hacia arriba, y como si le cayera del cielo responde: – Ni cien años tengo, pero como espeleólogo sé que hay secretos que se escapan a los ojos. No cualquiera es buen observador, y respeto eso, pero le aseguro que no todo lo podemos conocer con la mirada. Usted sabe que hasta el ave más pequeña guarda secretos que él mismo ignora.

– ¿Hmm, si eso es cierto entonces usted también?- Cuestiona Yacuca.

– Sí, en todo. Lo que pasa es que no lo puedo saber por mí mismo, de otra manera, ya lo sabría y no serían secretos para mí.

– ¿Se supone entonces, que necesita de alguien más para conocerlos?

– Sí- Exclama el espeleólogo.

– Me está confundiendo con otro humano. Ustedes viven poco, por eso necesitan ayuda con eso. Yo, en cambio, he aprendido que, observando, tarde o temprano se revelarán todos los secretos. Por ejemplo, al principio cuando lo veía subir, no tenía ni idea de que llevaba en su caparazón, pero ahora sé que lleva alimentos.

– Hermosa montaña, lamento discrepar pero lo que usted observa y logra entender, es porque estamos nosotros, diminutos y fugaces, con un pequeño conocimiento que le aportamos. Por ejemplo, mire esa ardilla, fácilmente se entiende que ama esa fruta, y sin saberlo nos dice algo sobre su bosque: que esa fruta es rica para las ardillas y no la mata ¿Lo hubiera sabido usted sin el aporte de la ardilla? Tal vez  hubiera sabido que es rica para los perezosos, pero no para las ardillas porque necesariamente tuvo que haber visto una comiendo la fruta.

Sin saber qué responderle, Yacuca cede:

– Pequeño espeleólogo, lo dejaré ser. Haga su exploración, sin embargo, hasta a mí me llegan rumores sobre los humanos, y le advierto que si algo no me gusta, lo sabrá de inmediato y con arrepentimientos. Veremos si su existencia fugaz tiene algo que aportar.

El espeleólogo asiente con la cabeza, toma su caparazón para colocarlo devuelta a la espalda, saca del bolsillo un aparato que le sirve de guía, elige la ruta con la mirada y camina subiendo la colina.

El sol caía cuando el explorador alcanzó a subir a otro claro del río. Por cómo se movía se podía afirmar que él sabía lo que hacía, podía seguir ágilmente el curso del río que parecía más un pozo de piedras por el bajo cauce. Mientras él hurgaba entre las piedras, Yacuca se incomodaba: Ese desastre rocoso había sido un desacierto, una mala broma del tiempo y de su atesorado río, y Yacuca había decidido hacía siglos dejarlo en el olvido, ocultarlo; pero el espeleólogo insistía en rebuscar, hasta en los rincones que ella había tapado con frondoso verde musgo. Crecía la ansiedad de Yacuca, no sabía cuánta más insolencia tolerar. – ¡Esto es un atrevimiento! – Se decía, pero no lo expresaba porque era más la curiosidad; y es que en realidad no tenía idea de que sucedería a continuación.

La repentina alegría del hombre confundió mucho a Yacuca. Él acariciaba tiernamente una inmensa roca, tan blanca como sus dientes, que escapaba de las raíces del frondoso bosque. El entusiasmo por motivo de la piedra blanca se le desbordaba; examinaba con ojos y yemas cada rincón de la roca, enorme y que se extendía más allá. Él tomó una ruta por el bosque sin dejar de sentir la prolongación de la roca, y sin separar la mirada a un delgado hilo de agua que se desviaba completamente del cauce natural para trazar ese recorrido por sobre la roca blanca. Yacuca sentía como le recorría por su roca desnuda, y se acercaba, poco a poco, a un final que ni ella misma conocía. Quizá se debía a lo nuevo que significaba esa situación para ella, pero el caso es que su cabeza estaba tomada por la incertidumbre. Él se mostró más seguro y apresuró el paso sobre la roca.

– Espeleólogo más despacio ¿A dónde quiere ir tan de prisa? – Cuestiona la montaña.

– Mi montaña, asumo que sabe dónde voy, yo solo me veo guiado por el sendero de su sudor.

– Allá no hay más que ver ni conocer. Donde va hay plantas e insectos, como en todo a su alrededor, y el agua se termina perdiendo bajo la roca, nada más.

– Es allí donde se guardan los secretos que persigo, para lo que vine y quiero ayudar a descubrir.

Ella suspira y ya, él lo toma como asentimiento y sigue ansioso a la meta que lo aguarda. Minutos después, habiendo descendido por un quebrado camino entre la piedra, charcos y algunas raíces, llega frente a un hoyo tan bien disimulado por unos arbustos que, si no fuera por su experiencia, pudo haber caído de bruces. Al asomarse descubre que el hoyo no es tan grande, se coloca unos guantes y, apoyándose en el filo rocoso del borde del agujero, baja dejándose caer un metro. Luego, amplía el espacio libre de arbustos con su machete, y en pocos minutos deja al descubierto una cueva con una entrada cuyo marco, suelo y techo, consistían en esa misma roca blanca y desnuda que le había marcado la ruta.

Yacuca se sintió descubierta, vulnerable, y reclamó:

– ¿A eso vino espeleólogo? Esa cueva no estaba tapada por casualidad.

El espeleólogo no prestó atención, estaba fascinado por el descubrimiento, como si hubiera hallado un mundo nuevo, y se trataba apenas del comienzo. Despabilándose, se quitó la imitación de cabeza de pato para colocarse una especie de concha grande que cubría su cabeza que, como una diminuta estrella, emite una luz intensa. Ingresa despacio pero firme hacia la oscuridad total, desapareciendo con todo y luz en cosa de un par de minutos.

Yacuca, al perder de vista al espeleólogo, sentía que perdía todo control de lo sucesivo de ahora en adelante. Solo imaginarlo ahí adentro a su antojo la perturbaba. Sin embargo, ella no es cualquiera, es la montaña, y comenzó a maquinar qué recursos dispondría para deshacerse del intruso. Estando él adentro, emitió unos sonidos imperceptibles para él, pero que alborotaron los murciélagos que sabía vivían ahí; pero nada, no bastó para sacarlo. Entonces se le ocurrió pedirle al cielo que hiciera caer una tormenta, para que un diluvio inundara sus cavidades y ahogarlo; no obstante, Yacuca era muy orgullosa, entonces le dio pereza pedir el favor.

Se le ocurrió la opción de sacudirse y derrumbar la cueva, aplastándolo con todo lo que estaba adentro; pero detestaba la posibilidad de que surgiera otro agujero o se desgarrase su preciosa pollera verde, por eso prefirió aguantarse antes de afearse. Se entretuvo tanto en las posibilidades que se tranquilizó, al punto de perder el interés por el explorador y volver a su actividad preferida: observar. Rápidamente el día se había apagado como un soplido

Los minutos pasaron para ser horas. Yacuca interrumpió su contemplación de la luna para recordar al humano, y se preguntó:

– ¿Qué estará sucediendo allí?, ¿en qué andará el espeleólogo?, ¿qué estará viendo?, ¿qué habrá allí?

Las estrellas apenas podían iluminar a la joven montaña suspirando e imaginando sobre sus secretos. En plena noche, Yacuca es escenario de un concierto, la puesta en escena de grillos, chicharras, búhos, ranas y algún congo que retumba con sus bajos. Yacuca se encantaba de esos conciertos, sin embargo, pudo distinguir un sonido diminuto, nuevo e inesperado, suavecito como un susurro que la despertó del trance. Prestó atención para poder ubicarlo, y no tardó en saber que provenía de lo profundo del bosque.

Pidió Yacuca a los vientos separar la maleza para dejar al descubierto un nuevo agujero, y de allí surgía el sonido. Agudizó la escucha para poder entender el susurro de sus profundas tinieblas. Distinguió una voz y palabras, un llamado: “¡montaña, montaña!” Era el espeleólogo sin duda, quien había recorrido un buen trayecto dentro de sus entrañas.

– ¿Espeleólogo, qué ha pasado?

– Preciosa montaña, encontré esta entrada de luz antes de que la apagara la noche. Aquí abajo estoy acampando, descanso de una tremenda caminata.

– ¿Qué ha visto?

– Mucho. Tanto, tanto, que conocerte ha sido como redescubrir mi vocación. A pocos kilómetros de la entrada me topé a los murciélagos revoloteando sobre mi cabeza, bastante desagradable y peligroso, ¡esos ratoncillos pueden transmitir rabia! Pero no es novedad, y su riesgo no se compara a la satisfacción de descubrir los secretos allí dentro. Los inconvenientes solo son prefacio del placer.

Después – continúo contando el espeleólogo -, La luz, los contornos y los colores dejaron de existir, como si se entrara al hogar de la noche. Solamente el halo de luz que llevo sobre mi cabeza me permite ver este laberinto, pasadizos tan pequeños que desearía ser un gusano para atravesarlos, y tan amplios que me hacen sentir en medio de un llano. Es también gracias a esta linterna que logro evitar los riscos, precipicios, trampas mortales; agujeros tan profundos que sería como caer desde su cima.

– ¿En serio?

– Una ciudad entera viviría aquí adentro. Caminé muchísimo hasta hallar rastro de luz natural; corriendo me acerqué y me encontré con un bosque, que nació de los escombros  al derrumbarse el techo y formarse el cráter por el que hablamos ahora mismo. ¡Es magia!

– ¡Es como si hubiera un mundo allí! – Exclama la montaña.

– Un universo de secretos, constelaciones  de bellezas esperando ser reveladas.

– ¡Deme más detalles espeleólogo!

– Por su puesto gran montaña, pero será después, porque ahora necesito descansar el resto de la noche. Mañana planeo llegar al otro extremo de la cueva, atravesarla de Norte a Sur.

– ¡Ah! – La sorpresa exclamada se escapa de la boca de la montaña.

– Prometo mostrarle todos los detalles que esconde.

Yacuca no tuvo más opción que dejarlo dormir, como lo hacían todos los demás animales que la habitaban. Pero a diferencia de otras millones de noches, estaba impaciente. El resto de la noche transcurrió en silencio; ni siquiera el cantar de los pájaros podía hacerla olvidar las ansias por escuchar más historias, más sobre su interior.

Mientras tanto, en las tinieblas dentro de Yacuca, el espeleólogo dormía y soñaba. Dentro de su cabeza el hombrecillo caminaba muy despacio, tocando cada milímetro de las paredes de Yacuca, bien iluminadas por una luz sin fuente. Las paredes ya no eran blancas u oscuras y filosas, sino blandas y rosadas; tan tiernas que parecían segregar agua perfumada con el roce suave. Cada paso era placentero, porque se palpaba el estremecimiento en lo que tocaba; tenía vida y era extremadamente sensible, parecía gemir al tacto; sentir los espasmos era un placer.

La tarde siguiente Yacuca la vivió como ninguna. Olvidó la observación y se sumió en la imaginación, pensando en esos secretos que ni idea tenía que existieran; en esos bosques que crecían sin su consentimiento, en los animales que dentro de ella vivían sin saberlo; en abismos cuya profundidad ni ella misma se daba idea. De repente, ya no se reconocía, no sabía quién era, necesitaba urgentemente descubrirse. Fue un instante de tormenta a punto de desatar en su cabeza, pero Yacuca, montaña sabia, logró evitarlo dándose un receso de tantas dudas, y a manera tranquilizadora, se dijo:

– Que lindo lo que en uno mismo se esconde. Ahora resulta que es bonito aquello que me tapaba. Hay que ver la manera en que atrapa el pudor, ciega y a mí lo que me gusta es ver.

El instante fue liberador, un necesario espacio de auto compasión, después de todo, nadie antes le había ayudado a ver de otra forma. Cierra los ojos y se da un breve silencio, y de repente los abre de golpe, como si una bombita estallara dentro, y con un suspiro se dice: – Qué rico.

Estaba sintiendo cómo sus recónditos espacios estaban siendo explorados. Sentía cómo húmedas cavernas, las estrechas y las amplias, estaban siendo inspeccionadas minuciosamente; sentía sus precipicios, entradas de luz, y de humedad, cómo todo estaba siendo visto, descubierto, cartografiado. Definitivamente le encantaba ser cartografiada.

Resultaba inesperadamente mágico (concepto que no entendía bien, pero le gustó como sonó de la voz del espeleólogo) que la curiosidad de ese hombrecillo significara el comienzo de tal redescubrimiento. Era el desfloramiento del interior calizo de Yacuca.

A pocas horas del anochecer, a un costado de la montaña, se escuchó el zumbido de un machete cortando arbustos. Ella lo presintió a él, y sin titubeo se asoma rápido. Mira al espeleólogo, y detrás un agujero con un declive hacia su interior ¡La había atravesado caminando por aquella cueva! ¿Cuántos kilómetros recorrió en total? La vedad, a Yacuca no le interesaban escalas de medidas, quería que le recitaran más imágenes de su interior.

Él estaba exhausto y sucio, lleno de lodo en sus botas, rasguños en brazos, piernas y cara, hechos por escalar la piedra; aun así, estaba sonriente por su logro; se le veía realizado. La hermosa montaña se apiada y le ofrece agua, la más limpia que corre por sus cavidades, en una pequeña cascada a unos pasos, y le pide que, con sus últimas energías, suba a la cima para que le cuente sobre todo lo que vio. Él obedece; jadeante se acerca y sumerge la cabeza en el agua y la bebe hasta saciarse, luego llena varios envases con agua; después lava sus botas, sus heridas, todo su cuerpo e inmediatamente comienza una torpe marcha hacia la cúspide; Yacuca lo ayuda alejando toda maleza y raíces que dificulten su esfuerzo.

Por fin de frente a la montaña, el hombre tira su caparazón, la cubierta en su cabeza, se tira a sí mismo a un césped extrañamente bajo y acolchonado. Toma su botella con agua para mojar su boca, se quita las botas y habla:

– Sus entrañas son de caliza, blancas como mis huesos, formada por la sal del mar y nacida como montaña luego de que el océano decidiese moverse a su actual hogar. El paso de sus ríos desgasta la caliza, y sin que se percatara, en milenios se ha formado todo un sistema de cavernas, algunas inundadas que parecen lagunas, en otras se filtra la luz para permitir el ingreso de plantas y animales dando lugar a un bosque interno. No es suficiente hablar de cuevas, adentro todo es tan basto, diverso y hermoso como afuera. La diferencia es que la noche impera todo el día.

Yacuca se deslumbró al ver las fotos que había tomado el espeleólogo; se admiró aún más al ver sus dibujos; y le preguntó:

– ¿Está feliz, espeleólogo?

– Cómo no estarlo. Me he encontrado con un mundo increíble. Sus secretos, preciosa montaña, son tan deslumbrantes como usted. Yo sabía, desde que vi de lejos su cima nublada, que sería lo más grandioso que se ha cruzado en mi vida. Gracias por dejarme ser parte de esto.

Poco a poco las palabras sucumbieron al sueño hasta volverlas murmullos; pronto solo sonaban las ramas agitadas por el viento.

Yacuca lo abrazó en su profundo sueño con su césped floreado, y le pidió al sol y a la luna que por una vez se reconciliaran para brindarle una noche cálida. Al amanecer, los sonidos de los pájaros despertaron al espeleólogo, como una liberación de un encanto, e instintivamente llama:

– ¿Montaña?

No hay respuesta. A su alrededor el viento estaba calmo y el sol cálido; sus cosas estaban allí: su cámara, cuaderno de notas, incluso sus dibujos bajo una piedra. Guardó en su mochila todo su trabajo, pero no antes de revisarlo varias veces, para comprobarse a sí mismo que fue vivido. Ni él se creía sus apuntes.

Bajó a la pequeña cascada, se lavó la cara, comió de lo que traía en la mochila y algunos frutos de alrededor. Satisfecho, fresco y con energías, se dispuso a partir, mas algo lo tenía inconforme. Levantó la cabeza hacia la cima y usando ambas manos como megáfonos gritó:

– ¡¡Montaña!!

Toma aire y otra vez:

– ¡¡Adiós!!

Yacuca observaba en silencio. Acostumbrada al ir y venir de animales, nunca había experimentado algo semejante, una despedida. Se sentía diferente, insegura pero feliz; ante la confusión, supo contenerse y se mantuvo en silencio; se conformó con verlo bajar por sus faldas. Observaba pero no con los mismos ojos.

Han pasado algunos años desde su encuentro con el espeleólogo. Yacuca ya se ha acostumbrado a ver pequeños humanos parecidos al joven explorador, que se hacen llamar “personas”; aunque un tanto desilusionada porque muchos son muy diferentes a él, y los ha visto maltratar a sus vecinas montañas, rasgando sus vestidos, ensuciando su sangre, matando a sus frutos de vida; ni siquiera logran escuchar los gritos de piedad; incluso Yacuca se ha perjudicado. No obstante, se las ha arreglado para mantenerse bella y sana, y claro que muy curiosa y observadora. Todavía se le puede encontrar relacionando y tratando de entender a los animales y plantas que mutuamente se dan vida (porque también le dan vida a ella, eso lo entiende bien Yacuca), aunque en el fondo reside una expectativa y esperanza por volver a conocer a otro desconocido curioso, que la haga descubrir aquello sobre ella que está vedado para ella misma, que la ayude a conocer lo que no se puede autocontemplar.

Un día, se encontraba ocupada alejando con una tormenta terrible a unas personas malas que inexplicablemente secuestran aves y les cortan las alas (¿nacidas con alas para volar y aun así aferrarlas a la tierra? La amplia mente de Yucaca nunca comprendió esa lógica). Se trató de un fenómeno devastador, los árboles se sostenían solamente por la punta de sus raíces, aunque fue eficaz para alejarlos.

Pero oh sorpresa, ni el soplido más aterrador pudo arrancar a una persona. Yacuca no la había notado porque estaba en la parte más frondosa de su pollera verde. Esa persona estaba escondiéndose en un césped panza al suelo, toda cubierta con una prenda gruesa del color del brillo del sol; miraba a través de una extensión artificial de sus ojos que sostenía con ambas manos – humm, binoculares le dicen- se dijo la montaña. A pesar del clima su vista nunca se despegó de unas aves que se refugiaban. Ante tanta persistencia Yacuca cede y decide calmar su furia para ver quién es.

Escampa el día, el brillo del sol comienza a iluminar el bosque, por lo que esa persona decide dejar a un lado la gruesa prenda, y así se deja ver un pelo negro y largo que llega hasta su espalda, una cara fina, fina de piel como de arcilla, unas cejas anchas y unos senos jóvenes y firmes. Se mantuvo atenta a las aves, observaba detenidamente, toma una foto, toma un cuaderno de su bolsillo y anota con su lápiz; luego toma un aparato del bolsillo de su pecho, y presionando un botón, reproducía el sonido de la bella ave. Detiene la reproducción, se le ilumina el rostro con una sonrisa, y vuelve a colocarse sus binoculares.

– Ella no secuestra las aves, le encanta observarlas así tal cuales, como a mí- Pensó la montaña con simpatía. Una inmensa alegría la envolvió, y de lo más profundo de sí misma sintió la extraña pero familiar sensación de ansiedad. Se determina entonces a salir de su timidez, y con una voz suave le dice:

– ¿Qué está haciendo, mujercita?

Tu-Tu (1991) es un aspirante a caricaturista-dibujante- artista-bohemio- intelectual-guapo- musculoso. Nacido
en las particulares tierras heredianas en que antaño reinaban los bellos bosques de café, y su
toponimia hace referencia a santos católicos.
Tiene 26 años (aunque ya se acerca lenta y desgarradoramente a lo 30).
Su currículum posee una variada mezcla de estudios en Arte y Ciencias Sociales,
que ha fructificado en una exitosa carrera como agente de servicio al cliente en
una gran transnacional.
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