Literatura y Música.

Reseña – Fassbinder y las mujeres conejo.

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El poemario “Fassbinder y las mujeres conejo” de Ismael Murillo (Antagónica, 2017), para bien y para mal, parece existir en el vacío entre la narrativa y la poesía. Para bien, porque le permite utilizar recursos tanto narrativos como poéticos a placer, saltar del uno al otro en cada línea, en un intento de potenciar recursos según convenga.

Para mal, porque la escogencia de la prosa sobre el verso parece (sobre todo en los poemas iniciales) arbitraria e innecesaria. La prosa no solicitada es una camisa de fuerza que limita el ritmo del poema. En ese sentido, la prosa autoimpuesta atenta contra las capacidades comunicativas del poema. El texto es al final, poesía, porque depende más de mecanismos poéticos para crear imágenes que de hilar una narrativa (aunque sea fraccionaria y caleidoscópica).

El tema principal del texto parece ser la relación paradójica, incompleta, entre la escritura, el mundo material de los cuerpos y la comunicación: “Proteger la escritura, no hay nada más que hacer más que sentarnos con las manos cruzadas, empezás a correr y te escucho decir basta, no nos queda nada: la juventud como una ética de alimentación”. Y también: “Pensás en un cuerpo incómodo, inmóvil”. Son  muchas más las referencias a cuerpos, manos, ropa, además de los movimientos verticales y horizontales para denotar la duda, la reflexión, el atrevimiento, el flujo del lenguaje y demás aspectos de la escritura.

El legado de la poesía contemporánea dicta que el intertexto no es ya un recurso más, sino la base de la construcción del mismo texto. Es un espacio, es el tiempo y en ocasiones también un sujeto más. Este libro lo sabe e intenta insertarse en esa lógica, y lo hace bien: la cotidianidad no son solo calles y objetos, también lo son los textos de la cultura popular: poemas, canciones, autores (leídos como sus textos). Esta es la verdadera vitalidad de la poesía.

Lo más interesante y novedoso del libro es cuando el Yo lírico asume su incapacidad de desmitificar la poesía antigua sin crear una nueva mitología, igual de ingenua y temporal (“No es fácil hablar si uso un lenguaje nuevo, te mata la paciencia usada para no fracasar”). Aquí el Yo lírico se enfrenta contra los verdaderos problemas de la escritura: la historia, las sensaciones de las influencia. Lastimosamente, el desarrollo es intermitente y truncado.

Al final, el libro cae en una contradicción de la que no logra escapar: si todo lo que importa es la comunicación -el efecto de la escritura sobre la materia-, y no los géneros ni las formas, el mismo mensaje es menoscabado por los esfuerzos radicales del Yo lírico por librarse de las formas. Intenta exorcizar un demonio que al mismo tiempo determina como inexistente. El texto establece que los muros son imaginarios, pero toma largas e innecesarias distancias evitándolos.

Las preocupaciones de este libro son más sintomáticas que de ruptura. En tono y contenido, el libro juega a lo seguro, en límites establecidos: se acerca al minimalismo, pero no es minimalista, así como con la construcción de imágenes contundentes y a la vez ambigüas (en ocasiones se adentra en los terrenos inexplorados de la metonimia pero vuelve al jardín verde de la metáfora) y la continuidad y profundización de temas.

 

Carlos Soto Bogantes (1989). Heredia. Graduado en literatura en la UNA.
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