Literatura y Música.

Poesía: Diego Quintero

en Poesía

tres poemas de diego quintero

Platón

Para Alberto.

Alberto me espera precipitado desde callejones lusitanos. También me espera adolescente. La música no le abarca los vacíos del reloj; cede ante la quimioterapia. Su walkman termina sacrificado en el vaivén de los casetes: una explosión dividida en piezas electrónicas. Las luces del cuarto están apagadas. Todo apaga. Supongo. Pretende quemar linfomas con la fricción del sexo contra el sexo; el goce de exprimir a un efebo. Piensa en los trenes, la imprecisión de los mapas, el margen de error posible en la línea recta. La facilidad con que mi ausencia le astilla las células. 1997 parece ser un año difícil para el amor; la metástasis acelera los procesos naturales del enamoramiento. Cabalga los procesos del enamoramiento. Los días no pueden detenerse en una libélula. En el plástico que invade las bahías de la retina pintora, além das obras. El televisor hace de ruido blanco. Se levanta y lo apaga. Supongo. Da lástima verlo esperar dos cosas a la vez.

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Pude ser un animal hermoso: un superwealter, un nadador olímpico, el Batistuta del amor. Pero no. Vivo y respiro y camino con el sueño de una muerte cada vez más obvia. También sueño con la inteligencia. El caballo azul de la inteligencia. Pude ser un animal hermoso pero soy una mosca. Una mosca estúpida de veinticinco años que no vuela porque no tiene Visa. Todas las moscas del mundo son estúpidas y no tengo trabajo. Floto pero no vuelo. Floto sobre Heredia porque Heredia es un mierdero y las moscas son conocidas por sus aficiones escatológicas. Pude ser la piel calcinada de lo voluble. Nuestra única manera de hacer comedia. El polvo, el simún, una fuerza ecuestre de lo racional. Pero no, repito: el sueño es radicar en las cercanías de la muerte. Repito: el sueño cabalga. Me redimo enviando cartas de amor por las redes sociales; ellas pensativas, locas, loquitas, maricas en la noche son mi ofrenda al patetismo. Supongo que mi destinataria tendrá mejores cosas que hacer. Zuckerberg duerme como un judío delirante entre los ceros mientras facebook colapsa. Zuckerberg aparece en una cruz mientras fumo. Me rio. Cada bocanada pendura sobre la decepción de mis padres. Preguntan por la universidad y respondo que es una amalgama de edificios impotentes; un lugar sin más graduación que la frigidez. Les digo que ver tantas películas, desde tan pequeño, afectó mi actividad sináptica; lloro sin provocación, reacciono a mordidas, no tengo noción del tiempo, la distorsiono. Simple: aleluya. Las personas en mi vida se difuminan a toque neuronal. Son aquel recuerdo distorsionado que uno invoca para sentirse triste. Ese recuerdo, a falta de datos, completado por la imaginación. Nadie sobrevive el ataque de un aparato psicológico autocomplaciente. Ni siquiera usted, horquetas celestiales: agridulces. La literatura está plagada de reinterpretaciones memorísticas. Me digo.

 

*

 

Pienso en la imposibilidad de realizar un tema; ese acto delimitado por la tiranía del círculo. Acabar siempre acabar. El paso tiende hacia lo abrupto. La inversión completa de las especialidades. La aguja insertada como helicóptero. El tópico: sí. La sustancia: tal vez. El estilo: necesariamente. Entropía. Un sistema de ambigüedad lógica hecha para ojos siderales de pájara moribunda. El estilo siempre el estilo. El desplazamiento como única manera de recibir el continuum. El desplazamiento como forma inequívoca de la palabra. La geofísica, lo yámbico, la serie astral como manifestaciones exotéricas del prisma en el centro del lenguaje. Todo porque la forma cifrada nace en hojas silenciosas de una pantera; vislumbrar para morder.  Una esquirla de vidrio.

 

*

 

Uno tiende a sobrepensar el futuro como si estuviera decidido por cada letra mecánicamente impresa en las paredes del aire. No puedo evitar casquillos de azucena cuando disparo el brazo izquierdo hacia lo funcional del sueño. Quiero ajusticiar un mundo de luciérnagas a pesar de los espectros recalcitrantes de la mediocridad subcutánea. Nunca pensé la numerología alcanzada en daños celébrales hasta recibir un golpe radical en la sustancia lisérgica del pasado. Judas Iscariote vive en este corazón pequeñismo de formol como una lámpara zurcida por la envidia. Tengo una infinitud de pasiones radicadas en el ramaje incendiario del bosque cartográfico. Suelo preguntarme si hay terremotos en aquella herida olvidada por el último de los criminalistas suecos. Soy la negativa del buque desabarrancado a contraluz de nubes lluviosas. Las corazas suspiran explosivas desde el núcleo efervescente de una adolescencia migrada.

 

Respiración. Calma. Don’t be afraid.

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En mis adentros la violencia. En nosotros un amor telúrico a las navajas. Poco a poco creamos un epicentro de fémures rotos, trauma y pastillas de sal embocadas a quebrarse sobre la autopista. Lo admito: me dedique inhalar toda partícula y onda de luz existente;  apagaba las galaxias, decía: —aquí estoy solo, usted vive bajo el mar. Usted, querida, es un naufragio. Era como hacer pequeños agujeros en la madera para brotar agua en las habitaciones y mudarnos al carajo; ese lugar designado por tres vértices: uno para la ansiedad y uno para la conspiración y uno para el ojo enfermizo. El triángulo que nacía en su médula para romper.

 

*

 

Escuchaba el teléfono y quería matar algo. Contestar era hacerme invitado a un talk show gringo de media tarde, hablar con esa misma delicadeza. Mis hermanos se turnaban el teléfono, el mayor eventualmente se limitó a dejarlo descolgado (el tipo, a pesar de creerse monarquía, sabe de la calle, ser duro). El problema que tenía para contestarle, es ser contemporáneo: la inacción nos define. El siglo XXI nos arrastra sobre el pensamiento, lo inútil del pensamiento; la misma figura para explicar el mismo problema. Nada interesa lo suficiente como para levantarme. Pueden revisar todos mis años, las noches previas y comprobarlo: nunca creí. Amar resulta tan simple como amar la pereza. Gloria —dijo alguien más. Nuestra gloria rueda desde las alturas como una piedra hecha por lo extenuado. C’est la vie  —dijo alguien más. C’est la vie es una frase, en todo caso, aplicable a cualquier situación.

Diego Quintero (Taskent, Uzbekistán, 1990). Es estudiante ocasional de Literatura
y Filosofía en la Universidad Nacional de Costa Rica.
Ha participado en diversas revistas culturales, musicales y literarias independientes.
Es autor del poemario Estación Baudelaire (Ediciones Espiral, 2015)
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