Literatura y Música.

Cuento | Op. 23 Cartas olvidadas en la máquina de escribir del Hospital Psiquiátrico.

en Cuentos/Narrativa
[Illustracion por Julio Escámez]

Op. 23. Cartas olvidadas en la máquina de escribir del Hospital Psiquiátrico. Oficio de peluquero.

Yo agarro el molde de los libros para teñirme el pelo de color palabra, y no es molestia para nadie cuando salgo a la calle y me llaman por mi pelo. Descubrí que tenía todo para salir de este hueco atolondrado y oscuro, así como una lata de gaseosa cuando se cae en una iglesia. El parabrisas me desconcentro en el camino y topé de frente con un hombre. El hombre era el mismo que me había llamado por mi pelo anteriormente. “Hola cabrón, por qué no te alisas las palabras un poco” Siempre me espere a la mañana, pero hoy, hoy es de día y amanezco por el cielo. A ratos pienso que me haría bien salir, tomar un tren al mar del Caribe, para mojarme un poco mis nombres. Aunque luego retrocedo en la salida y me marcho a guardarme entre cuchicheos con la cobija y noticieros que repiten una y otra vez la hora de la tarde, cómo a las 3pe-éme.

Pida un café me dijo la cocinera, cuando llegué a la soda. “Pida un café y le damos el pancito. Mi hija le puede ayudar a salir de eso que usted habla” pero yo no quería café, mucho menos a la hija de esa gorda presumida con dientes de tira. La otra noche la tuve en mi casa y osó con robarme la ventana, según ella para poderme ayudar a salir de mi hueco atolondrado y oscuro. Pero nadie se da cuenta que el hueco no tiene salida. Que el hueco es plano y hay que arrancarse los huesos para salir. El hueco esta atiborrado de espacio… [me aplasta] por eso es que me quiero salir. Tienen que traer a mis amigos para que me saquen del hueco. En ese caso no podría ya sentarme, porque aquí a lo lejos se me escapa de nuevo el nombre de la hija y a veces cuando trato de recordar, es un dolor de cabeza grande. Yo le pido a la gente que por favor me llame por el pelo, así puedo yo entender que me llaman. Normalmente me lo toman y no me llaman, o me llaman para tomarme el pelo.

A esa misma hora, ya iba yo para la casa de mis amigos. Podía entender que el chofer de bus tuviera cara de monje que se viste como civil por primera vez. Hace poco pude comprender que los viajes en bus no sirven para nada, o sea, sirven para tener que viajar rápido pero se detienen poco, es ahí donde su utilidad se destroza o más bien nos recuerda que estamos a punto de volvernos vehículos. Alcancé a bajarme lo más lento que pude. Puse primero el bolso en el suelo, baje la primera grada del bus, como si estuviera haciendo rappel. La segunda la olvidé, la tercera ya estaba demasiado lejos. Le pedí ayuda a una señora bastante vieja. De hecho hace una semana, esa misma señora me había solicitado que le entregara unos papeles al otro lado de la ciudad. Imaginé que tomó esto como la paga que nunca me dio, como las ganas de motivarme a ser más imaginativo con el objeto del dinero, lo que las abuelas siempre nos dicen “no tengo mucho para darle, pero aquí tiene este poquito de picadillo”. El picadillo siempre sabe peor que comer monedas, pero podía seguir bajando las gradas del bus gracias a ella y a gracias a que el chofer era un monje retirado.

Toqué la puerta para que mis amigos me abrieran. Eran poco menos de la hora que habíamos pactado para llegar. Nadie abría. Era clásico de mis amigos, que cuando alguien lograba esquivar todo obstáculo posible para llegar temprano, la puerta se mantenía cerrada como castigo. No somos hombres de principios, yo diría más bien que de llegadas y partidas.

Cuando logré entrar. Me preguntaron sobre las técnicas de peinados que estaba implementando, que como me llamaban ahora, que si era posible tener un nombre tan hermoso como el mío o que simplemente querían saber si era fácil llamarme por mi pelo. El pelo y el nombre son cosas que he considerado mantener a la misma altura:

Estrategia de manutención del pelo a partir del nombre

El nombre es un pelo te dije

es el pelo que yo siempre quise

vos nos llamaste

y decías: el pelo es el primero de tus nombres.

El pelo es una gracia diminuta de tu vida

por que si crece más que tus palabras

no puede empezar a ser tu nombre

Leí el poema y mis amigos pensaron que me había perdido en una droga fuerte. Pero no. Lo que había perdido era algo más que mi dignidad. Ni las drogas fuertes pueden con el daño que nos hace la existencia misma, porque las drogas fuertes crecen a la orilla de las calles, a la orilla de los pueblos, inclusive crecen a las orillas de nuestras arterias, han estado adentro nuestro durante años. La existencia aparece únicamente cuando la cuestionamos y es por eso que el tema de mi pelo y mi nombre se habían convertido en una cosa fuera de control. La existencia es la necesidad de querer aparentar lo que hacemos y también lo que hemos puesto debajo de las sábanas de nuestra cama. Eso que nos calienta y que nos oprime, porque los huecos atolondrados que nos nacen gracias a que presenciamos, a que entendemos que existimos, no son aleatorios, permanecen fijos y aplanados al pecho porque así lo queremos.

“Te queremos prestar ayuda, hace rato que venimos hablando entre nosotros que vos necesitas a alguien que te mantenga alimentado y que te de tus buenas manoseadas” yo tengo un tick en el ojo que empieza cuando sé que algo no anda bien. Las palabras de mis amigos para nada que andaban bien. De hecho pensé en salir corriendo, andar a buscar a la hija de la cocinera, decirle que sí, que necesito que me robe todas las ventanas de mi cuarto, que me amarre en la cama, que mi pelo crezca hasta que no haya distinción aérea sobre mi cuerpo. No lo hice, pero si les pedí a mis amigos que dejaran la puerta abierta, por si acaso. Solo por si la hija de la cocinera me devolvía la llamada.

Sebastián Barquero (1995) San Jose, Costa Rica. Ha sido gestor de espacios de creación literaria en cárceles, colegios y universidades. Sus textos han sido publicados en recopilaciones de poesía centroamericanas y nacionales, como el Festival Tierra de Poetas y las revistas VozUCR y Conjetura. También ejerce como músico e investigador en la Universidad de Costa Rica, estudiando en el bachillerato de Antropología y Ciencias Políticas.
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