Literatura y Música.

Cuento: Una Caja de Fotos

en Cuentos
[Ilustración por Daniel Spacek]

Una caja con fotos

Para David

Habían sido disparos, habían sido cinco disparos que se desprendieron desde algún punto ahora opaco, afuera, desde la calle, bajo la luz amarillenta del alumbrado, y habría en la calle un pozo de sangre y un muerto, alguien muerto. Todos los ruidos, ahora, eran sospechosos, todos los ruidos de tránsito, aunque estuvieran lejos, perdiéndose, y todavía más sospechosas resultaban los golpes de cierto metal que aceleraban empañando esa quietud falsa de la noche. Pero habían sido disparos. Estiró un poco la mano, sobre la sábana, y tocó el cuerpo caliente de su compañero. Dormía. Plácido, incluso despreocupado por todo lo que estaba fuera del cuarto, de la casa, más allá de la puerta, sobre el asfalto mojado. ¿Sangre? Nunca había visto un muerto y por eso se sentía débil respecto a los otros: todos, sin excepción, según le parecía, estaban más preparados que él para la muerte, todos, de alguna manera, habían visto, habían tenido muy cerca  un muerto, alguien cercano o conocido, habían mirado por esa ventanilla de las despedidas que tienen los féretros, todos alguna vez, y se habían quedado ahí, hipnotizados por la imagen del rostro que palidece, que esconde por última vez, ante el mundo que ya no le transmite nada, la pudrición más íntima y fisiológica; pero él nunca, él nunca había asomado su cabeza por el vidrio de un ataúd para ver cómo habían acomodado al muerto, cómo lo habían maquillado, cómo habían taqueado con un algodón discreto sus aberturas. Sus abuelos seguían vivos, sus padres seguían vivos, sus hermanos incluso, el perro que alguna vez tuvo murió cuando él no estaba, bajo las llantas de un autobús, las gallinas que había visto morir eran nada en este momento. La muerte humana, la muerte de aquellos seres que, como él, tenían cuatro extremidades y cierto juego macabro llamado lenguaje, suponía una extinción más cercana que la de las gallinas, a pesar de que era desagradable cuando, sobre el patio empolvado de los años, el cuerpo de una de esas aves rebotaba de un lado a otro, no se sabía si por dolor o por simple acción de algún movimiento reflejo, desangrándose, a veces solo por dentro. Tenía los ojos cerrados cuando los escuchó. Los ojos cerrados, estaba de espaldas a él, en posición fetal, en dirección a la ventana, las manos metidas debajo del mentón, algo incómodo pero demasiado seguro de no moverse para no perturbar aquella paz momentánea, tan falsa que un simple movimiento involuntario podía resquebrajarla en cadena. Él roncaba a su lado, subiendo y bajando en un sueño mucho más tranquilo, según le parecía, pues en los dos años que tenía de conocerlo y de dormir con él nunca lo había visto, a excepción de las noches en que su perturbación lo afectaba también, tener problemas con el sueño. Lo dejaba roncar, lo sentía vivo, aún cerca. Luego, mientras transitaba por ese esfuerzo titánico de no mover ni una fibra, de no dejar que nada le arrebatara la tranquilidad amorfa, escuchó cinco o seis disparos y luego una especie de reconcentración de la noche, de la atmósfera húmeda del invierno, alrededor de esos cinco o seis disparos. Abrió los ojos, decidido a no dejar pasar aquel acontecimiento un poco dramático, deshizo su posición, se acostó boca arriba y buscó, palpando, la mano del otro, la encontró, la sostuvo, comprobó que solamente él había escuchado los disparos. Podía ser que si alguien había muerto, que si desde un vehículo en movimiento habían disparado o si algunas figuras camufladas habían accionado el arma caminando tranquilamente junto a la víctima, ya en este momento no quedara más que seguirle la pista al tránsito de la muerte a través de ese silencio reconcentrado. Era como un ojo. Sí. Se abría, de pronto, en la somnolencia de la vida, en la espesa negrura de la habitación compartida, con el olor de ambos, persistente, un tajo de muerte y sus retumbos leves que solo podían deshacer las inhibiciones más atávicas. Un ojo que atraía las cosas, disfrazadas, sin color, y los ruidos, porque desaparecían los ruidos mudos, los ruidos incluso de la madera podrida, desaparecían los ruidos de las cucarachas que siempre los acompañaban desde las gavetas del viejo mueble de cocina. El ojo, el tajo, la muerte, los ruidos, todo se iba amalgamando en ese lapso en que quienes habían escuchado los disparos seguían haciendo lo que estaban haciendo, un poco más nerviosos pero nada más. Pero, además, los nervios se iban, siempre se iban, se deslizaban con el paso de las horas, como la sangre sobre el asfalto quizá. Era una cuestión de sobrevivencia y de olvido, que son la misma cosa. El plomo del sueño estaba sobre él, tenía la imagen inconstante de alguien muerto sobre el asfalto, sí, pero también, y esto comenzaba a surgir ahora, cuando notaba todo demasiado lejos, reabsorbido ya por el ojo del temor, podía ser que ese alguien nunca hubiera estado muerto sobre el asfalto, es decir, que estaba muerto pero no en el asfalto, no afuera, en la calle húmeda por los aguaceros de la tarde, sino en un cuarto como ese en que ellos dormían a deshora. Eso había que decirlo, él tenía que decirlo, ese descontrol total en cuanto a las horas de sueño que, si bien les había servido a muchos a lo largo de la historia, a él terminaba por entorpecerlo muchísimo. A las cinco y media de la tarde habían abierto la puerta de la casa, tocaron el olor concentrado de la humedad insondable que siempre estaba ahí, debajo de cada plato, sobre los sillones de segunda que habían conseguido cuando se pasaron a vivir acá. Todo estaba siempre un poco húmedo, oliendo a vejez, pero ese olor, esa materia constante de partículas de agua, de hongos también, se había convertido ya en parte de la supervivencia de todas las semanas. Eran las cinco y media, había llovido muchísimo y lo primero que hicieron fue fijarse si no se había derramado el agua llovida por la enorme gotera que ocupaba toda una esquina del cuarto: movieron libros, movieron el escritorio, movieron el mueble con las camisas y los pantalones y las medias, todo lo movieron, incluso la cama, por supuesto, lejos de esa esquina en donde había comenzado a surgir una amenazante mancha negra que ascendía en formas invasoras hasta la madera podrida del cielorraso que dejaba pasar el agua. Siempre dejaban un paño en el suelo para que impidiera, en caso de que el agua no se diera por vencida, una expansión desastrosa hacia todas partes. Sin embargo, esa tarde el agua, por alguna razón desconcertante, había tomado otro rumbo o simplemente había corrido por el camino habitual, hacia los botaguas y la canoa, sin filtrarse dentro del cuarto. El alivio se tradujo en una sonrisa mutua, todavía puede verse sonriéndole, y él le sonríe, no dicen nada pero saben que es un alivio no tener encima un montón de agua llovida que, con los días, aunque se limpia, gracias a la mancha que asciende por la esquina, termina apestando de una forma poco amistosa. Algún día, en este cuarto, le dijo el otro, un poco en broma, un poco en signo de cierta angustia, nos va a crecer una selva. Pero hoy, y ahora estaban ahí, si estiraba la mano sobre la sábana fría (era invierno, ya se sabe, y por alguna razón no se le había ocurrido desenredar las cobijas, ahora tiritaba) podía tocar la camisa liviana que él había escogido, o tocar su pijama corta, también demasiado liviana, con un gran hueco por donde se le salía la ropa interior, permanecían secos. Incluso, mientras él orinaba, después de que estuvieron varios minutos en silencio, quitándose la ropa sudada, jugando con la desnudez intermitente del otro, fue hasta la esquina de los desastres y se acuclilló para poner la mano abierta sobre el piso, comprobando con satisfacción que estaba seco. Luego habían estado yendo y viniendo, sin interferir en los caminos del otro, de la sala a la habitación, de la habitación al baño, sin saber nada del otro mientras se desplazaban, buscando algo en lo que ocuparse hasta la hora del sueño. Pero la hora del sueño, como siempre —todo el círculo del reloj de pared indicaba la hora del sueño, parpadeaba sin detenerse con la hora del sueño— llegó demasiado pronto, apenas una hora después de que hubieran abierto las puertas del departamento. Vencidos por la carga de un día agotador y por el recuerdo poco grato de la noche pasada, en donde había sido imposible para él cerrar los ojos y olvidar ciertos terrores relacionados con las luces sin procedencia o con los sonidos más bien risibles que emergían de las tuberías o lo que fuera, apagaron las luces cerca de las seis y cuarenta y cinco y se acostaron. Habían dicho: una hora, a las ocho, lo más, estarían de pie, cocinando algo, para poder dormir de nuevo a las doce y tener, al día siguiente, un poco más de disposición. Pronto había cierto frío, un peso enorme sobre cada articulación, no lo molestaban los ronquidos, tampoco la postura incómoda que había adoptado, tal vez de manera inconsciente, buscando las zonas térmicas del cuerpo. Luego se fugó del peso del frío y de las articulaciones que se congelaban. Estuvo escuchando una conversación muy animada, estaba sentado, en un día de verano, cuando el sol se filtra por las mismas líneas tostadas que dejan pasar el agua en octubre, sobre la cama, mirando por la ventana: claro, solo en sueños podía estar alguien sentado en la cama, mirando por esa ventana que daba a un muro de blocs cubiertos de musgo y clavos, no obstante, ahora estaba ahí, era la penumbra amarillenta de enero, tal vez de finales de diciembre, creía saberlo, y su caja de fotografías, lo que él llamaba el endeble baúl de los recuerdos, estaba entre sus piernas y sobre la cama estaban diseminadas las fotografías, signos del tiempo, señales. Movía su mano, de fondo la conversación animada, no podía distinguir si eran mujeres, hombres, niños, incluso no podía distinguir si era una conversación entre perros, solamente escuchaba y sabía que ese ruido agudo, como emitido desde un pozo, era alegre, pero movía su mano, decía, sobre las fotos, intentando apresar alguna para mirarla de cerca, siempre era bonito examinarlas, fotografías que había rescatado del fuego, del tarro de la basura, que ahora le pertenecían, fotografías de su infancia, incluso de la infancia de su madre, en donde una y otra vez podía encontrar detalles insospechados que en una contemplación anterior no había podido distinguir: por ejemplo, en una fotografía de su cumpleaños, dos años, a lo mucho tres años, podía verse, al fondo, perdido entre la maleza, bajo las varillas secas de los helechos, la silueta pequeña y negra de Enano, un perro sin dueño al que todos le habían dado ese nombre, que no se dejaba tocar y que odiaba con todo su pequeño y negro corazón a los niños como él. Enano lo vigilaba, no podía soportar, seguramente, ver un cúmulo cancerígeno de niños felices bajo una piñata. Lo perturbaban esas cosas al pobre Enano, escondido en el patio profuso. Pero ahora no podemos seguir con esos detalles que encontraba en las fotografías, no ahora que seguimos en el sueño de la tarde de verano, además, el Libro de los nimios está en proceso: el sueño, entonces, era la conversación alegre, luego las fotos sobre la sábana, la mano sobre las fotos y, como todo sueño, la imposibilidad de tomarlas, cómo tomarlas, cómo manejar una mano en un sueño y cómo ver, incluso cómo saber en un sueño, donde todo es el placentero estar sin conocer, sin descifrar: el sueño, tal y como se sueña, tal y como sueña él con una tarde de verano, es, como las fotografías de la familia que ya no lo quiere, para él, el reino de los nimios, de los detalles inflamables. Luego emergió, como una esfera de aire que explota bajo el agua, emergió a la noche cerrada de invierno y al ruido monótono del motor de la refrigeradora, en la cocina pequeña, demasiado cerca del cuarto. Como siempre al emerger al mundo de los vivos, recordaba a la perfección la escena del sueño, el vértigo de las fotografías fantasmas, de las palabras fantasmas dichas más allá de la ventana por seres sin forma, pura boca, puro sonido, y recordaba incluso la sensación de estar sobre la cama, intentando percibir las pequeñeces, ¿qué había sobre el respaldar de la cama en el sueño? ¿Qué libros de la biblioteca podían verse? ¿Era posible que en el sueño reconstruyera la biblioteca, los libros de la repisa más alta en el mismo caótico orden que no respondía ni al abecedario ni a los temas, sino a pulsiones demasiado herméticas y arbitrarias? Y luego, pasados unos minutos después de que emergiera, vinieron las detonaciones, seguidas, sin detenerse. Incluso pudo imaginar, mientras ocurrían, que se iban incrustando en la carne de lo que ahora estaba muerto. Luego la imagen del cuerpo de espaldas sobre el asfalto mojado. Luego las motos, los carros, todos alejándose. Luego, entonces, el ojo, el centro alrededor del cual se hizo el silencio de los minutos que ahora, justo ya, mientras pensó que el cuerpo podía estar en un cuarto como este y no en la calle, sobre el asfalto mojado, están transcurriendo. Habían sido cinco disparos, estaba seguro. Hacía unos minutos habían sido cinco disparos en la calle, afuera, o en un cuarto sellado, pero habían sido cinco disparos, o seis. Algo estaba muerto. Lo pensaba sin detenerse, algo estaba muerto, algo estaba muerto, yacía sobre su sangre, o estaba terminando de morir mientras él, unos minutos atrás, momentos antes de que un dedo accionara el gatillo, emergía de un sueño, emergía desde diciembre. A su lado, el otro roncaba de una forma bastante oceánica y placentera, sin detenerse. No lo despertaría, no valía la pena despertarlo, después de la noche infernal que le había hecho pasar, con el pretexto de que había escuchado disparos, detonaciones, y decirle que ahora, de alguna forma, alguien estaba muerto, desangrándose. Pero sí se llenó de la angustia de la muerte y de la angustia de no estar preparado para ver a la muerte frente a frente: una vez, sí, ahora lo admite, la única vez que recuerda haber visto un muerto, fue una mujer, la madre de una de sus compañeras de la escuela, cuando cursaban el cuarto grado, en el año 2003 si mal no recuerda, era una mujer que muchas veces había estado hablando con su madre en el recreo de almuerzo, bajo los mangos espesos que las protegían del sol, alta, de rostro afilado, con voz ronca, y luego, sin que él supiera cómo, sin que, al parecer, nadie supiera cómo, se enfermó de cáncer de seno y en unos meses estaban desfilando, él y sus compañeros, con el uniforme de la escuela, bajo el sol ardiente, él cargando un arreglo floral que atraía unas abejas molestas, negras, detrás de la carroza fúnebre. Recuerda que su compañera, que se llamaba Adriana, cree, lloraba, tenía los ojos verdes y los cachetes poblados de pecas, rojizos, y eso hacía que se notara mucho el llanto y se notara de más el sol. Fue antes de que se llevaran el ataúd hacia el hueco, cuando todos circulaban alrededor de él, cuando su madre lo llevó, recuerda, y cuando estuvieron cerca él pudo mirar adentro, cómo la mujer delgada, de rasgos afilados, de voz ronca, ahora parecía un montón de trapos en medio de otros trapos, sin expresión, sin nada, la boca semiabierta, envuelta en la caja, debajo del vidrio, rodeada de los arreglos que volvían locas a las abejas fúnebres. Fuera de ahí nadie. Ese mismo día no pudo almorzar, recuerda que su madre le puso enfrente el plato de comida y no lo probó, no quiso probarlo, no pudo porque todo el camino había escuchado hablar del cáncer, del cáncer que crecía dentro, que se alojaba para después salir, rompiéndolo todo, de su cápsula, y se lo imaginó como un saquito de gusanos o larvas translúcidas alojados en el cuerpo, larvas que en determinado momento abandonaban el letargo del sueño y entonces, como él había hecho unos minutos atrás, rompían la membrana que las contenía y lo invadían todo, matando, carcomiendo. Esa imagen le había matado el hambre, lo había enfermado. Ahora, con los disparos, con un sonido que había ligado a los disparos, pues el silencio general se había disipado y alguien había comenzado a escuchar música, indolente, había vuelto a esa cantidad farragosa de imágenes encajonadas. Todas ellas, de alguna manera, estaban siempre ahí y solo el sueño y el sonido que se metía en la atmósfera del sueño podía hacerlas palpitar una vez más. Estaba intranquilo, es cierto, porque habían sido disparos, estaba seguro, pero no podía hacer nada más que tomar el valor para resquebrajarlo todo, levantarse, encender la luz. Miró el reloj que estaba siempre sobre la mesita de noche y comprobó que eran casi las diez. Entonces lo despertó, al otro, con un codazo bastante rotundo, y le dijo, un poco en broma, un poco en serio, que había soñado con balazos.

Byron Salas (San José, 1993). Estudia filosofía en la Universidad de Costa Rica. Es autor de Mercurio en primavera (Lanzallamas, 2017).
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