Literatura y Música.

Cuento: La congregación

en Cuentos
[Ilustración por SUPERFICTION .]

«—Esta mujer —decía— es capaz de comer
mierda con tal de llenar la tripa.»

Gargantúa.

Complejas gotas de linaje codifican la bóveda del génesis. Eslabones de la misma sierpe. Arrastran las espinas del antecesor y las transfieren a su primogénito. El prestigio aumenta al final de la cadena. Un legado difícil de negar; imposible. Llevan a cuestas una viga: el vínculo fraternal de la herencia. El pacto incorruptible conmemora el banquete en nombre de la Esencia. Adentro. El fango de la estirpe resbala sobre el borde de la mesa. La danza de un tridente atraviesa y revienta el pellejo. Del granate carniforme al mórbido seso. No eran perlas. Nunca lo fueron. Si las asaduras del festín influyen en la repugnancia del colmillo y en la grima del procedimiento, esta es la excepción; el filo ominoso no se diluye ni en la ceguera. Arriba. Los dobleces de varios pergaminos fingen las iluminarias, y las cáscaras del talle cuelgan del armazón. Dos tejedoras estremecen el candelabro. Las máquinas de tela estrangulan el señuelo, y el ovillo gris angustia a sus aliadas. Abajo. Masacre de seis ganchos tripartitos. Afuera. Una mirada: juntos a todos; los esboza, los descubre. Un misterio divino pierde el enigma: la agonía, el espinazo de una Eva en exhibición. Amante, sórdida o indemne. Borrosa y exánime al final de la Galería.

En la cocina, el agua hirviendo burbujea en las cazuelas; salpica los descuidados cubiertos que reposan dentro del pichel de plástico amarillo. Tiene perforada la base: revela cuatro agujeros por los que encajan de manera perfecta los dientes de un tenedor. El sofocante vapor acorrala al extenso juego de cocina. Platos ovalados con lamparones de aceite quemado en el centro, doce tazas de porcelana (cuatro de ellas con la empuñadura bruscamente quebrada), embellecidas por trazos pictóricos que delinean la apariencia de rosas y girasoles, se exhiben a lo largo del lavatorio, adyacente al mueble del que borbotea el caldo caliente. Sobre el mostrador contiguo, dos ollas, envueltas en delgadas fundas rojas, resguardan occipucios recién tasajeados. Tienen el corte perfecto: ni un solo cabello desprendido del cuero. Cartílagos flotan dentro de un largo estanque bordeado por paredes de losa. Y una pequeña válvula en lo alto precede la antigua tubería: permitía regular el paso del agua en tiempos remotos. En una esquina, Alma acumula los sobrantes en los estantes del fondo, diagonales al balde de helados que sirve de basurerillo. Los residuos se aprovechan para el combustible: preservar el fuego del asador, ubicado a dos pasos de la demacrada refrigeradora. El bochorno carcome la armadura del hornillo y desde hace varios meses arde como las brasas del sol que pega Afuera. La madera del piso como esponja de fregadero: absorbe el agua torrencial de dos noches continuas. El zacate recién cortado: a través de las rendijas de medio centímetro; y las piedrillas sueltas: suben y bajan de las esquinas, que las tablillas podridas no llegan a cubrir.

El comedor luce de maravilla. La mesa de bambú esta revestida por un delgado mantel con puntadas descocidas. Los cubiertos relumbran sobre los tapetes, y el blanco de unas velas se homologa con la palidez de las vajillas, a las que se sueldan, aunque torcidas, con necesidad. Gran cantidad de candelas producen la débil claridad de la estancia. La cera derretida se amontona en las orillas de los platos de lata: los invitados la raspan con las uñas, la huelen sutilmente y luego la liman con los dos dientes del frente. Desde el comedor se puede observar con dificultad cada uno de los cuartos: giro de media vuelta, y aparecen como espejismos ante la oscuridad de la casa. El amplio zaguán de piso de ocre da la sensación de caminar sobre las aguas: océano de rubíes que rechina al entrar en contacto con la planta del pie. Quince para las seis. Y solo logran reconocerse las gruesas patas de la cama que se empalan en el piso del cuarto de Verme. Las tres puertas de las demás habitaciones: una, agrietada en el extremo superior derecho, con las bisagras doradas de óxido; la de en medio, tan blanca como la porcelana del inodoro, pero, si se observa con detenimiento, puede notarse que la pinturilla, lo más seguro de agua, intenta opacar el color acromático del fondo; y la más al extremo de la casa, junto a la cocina: de roble, con apariencia fuerte y robusta, aunque devorada por el comején, excepto por el llavín de rosca del que pende un Rosario de la Divina Misericordia. Una magnífica proyección: la secuencia de imágenes convexas, el reflejo en la esfera metálica en la que se balancea la llave del cuarto de pilas, encarna, sí, la escena. Desnudos. Erguidos y fogosas. La familia: ¡Aleluya!, ¡Aleluya! Y se hunden en el abismo húmedo y clandestino. ¡Cómo ríen! Reloj sin cristal y sin baterías; ¿será posible? 44, 45, 44, 45… Las paredes difunden la genealogía de la parentela: figuran retratos asegurados al margen con tornillos de cobre: fieles recuerdos de los primeros hambrientos. Al lado de la mesa, una llamita sostiene el peso de toda la familia; su fragilidad soporta la apetencia de todos los parientes. Contiguo, el verdulero de tres pisos expele los aromas vespertinos. Los familiares se regocijan con porciones no muy exactas de hígado y costilla. Tres o más cucharadas de la herencia sorben los delicados catadores. Son habituales las comilonas a las seis de la tarde. El festejo de la nueva integrante, alcurnia foránea, merece el mejor de los banquetes: una celebración al nivel de las Bodas del Cordero.

Presenciar, contemplar: episodios caen justo frente a sus ojos. 2005: turbio, pero en pincel redondo y de fibra y #8. El agua sale a ríos del inodoro; no como el que brota de las montañas del Cerro. Similar a la sopa puesta sobre la mesa: Verme la revuelve con los dedos y escupe unos uñeros tiesos dentro de la taza. Lucia revuelca los papeles del servicio: un tarro de latón doblado del que bebe una salsa moca; bueno, es preferible tomarla que mascarla. Nunca creyeron que realmente vendría. Quizá sí, pero no en tales condiciones. Fue solo una: la mejor, dicen. Lo cierto es que llegó; limpia, no, pero de piel seductora y ojos cargados de lujuria. Un poco de luz. Yes, we all need some light now! Verme. Iluminado. Ve las costillas a ras de piel: en total, proporcionales a las horas de un día menos una; impares por la vehemencia de la cocinera. Y solo se saca las lagañas color perico y se engrasa el labio inferior con ellas. Alma. Única en pie. Con una jarra de losa en alto: «¿Decime? ¡Decime, vos! Mirá, dejame ver si Abajo te conocen porque yo no y me sabés a pura gloria; ¡qué rico!, ¡a puro cielo! Sos tan buena que ni me extrañaría que ya antes te lo hayan dicho. ¡Que sí! Yo sé que me conocen hasta el sabor de la caca cuando me da por comer de la olla de carne de mami ¡Sin huesos, eso sí! Solo carnita y sangre… ¡Ya sé quién sos vos! Igualmente me jarto esta porquería para ver a esos muertos de hambre arrancarse los cuatro pelos de la jupa y sacarse los dientes con las manos. Pero la verdad es que… ¡Ahhh! Esto sí, ¡vean qué ricura!: recién las saqué de la olla. Deliciosas patas, aunque tierrosas, bien se les pueden chupar los talones y quitarles toda la costra que traen pegada. ¡Tomá, por inmoral! Y vos, Verme, ¡ni se te ocurra! O te vuelvo a dar con la cuchara… —Los observa a todos con nostalgia; pero el placer por delante: rascarse los pliegues de caspa que le enchapan la cabeza. —  Tan bonito es Afuera. Yo no sé por qué no les gusta que vayamos; no tan abajo porque ahí si es requetepeligroso, pero sí al centro, por la casa del padre Ventura… ¡Por la gran puta! ¡Se me queman! No, esas no ¡Que ya te dije que no! Las lenguas no, esas ya no pueden hablar porque con este frío se murieron o les dio por dormir. Pero tranquilos, que ya no pueden decirme nada.» Un sonar de seis cuerdas y una voz. «Ató con cintas los desnudos huesos / el yerto cráneo coronó de flores / la horrible boca la llenó de besos / Y le contó sonriendo sus amores.» La aguja roja a mitad del 7 y el 8. «¡Dejala ahí, Verme!, ¡dejala ahí!, que a papá le encanta esa canción y a mí también» Una antenilla torcida. Y la cansada interferencia, producto de las montañas que entorpecen la señal de la radio fosilizada, pero que deja escuchar el bolero y el crujir de las tablas cuando las rodillas de Aurora acentúan la oquedad que hay bajo el piso. «¡Que no caminés de rodillas, mocosa! ¡Se te va a morir la mama!» Carcajadas empiezan a salir con espanto de la garganta de los parientes. «¡Ya viene, ma! ¡Ya viene!» Y excita el estómago de los comilones. Voltean a mirar al redentor. Con burla en los ojos; lloran. No basta. Avanza. Imposible: como es arriba, es abajo. De inmediato, el jolgorio sube hasta las puertas del cielo y se anuncian las Buenas Nuevas del convite. Traen puesto papel higiénico bajo el cuello para evitar ensuciar la ropa de domingo. Comienzo del culto. Las manos no se diferencian de los pies: algunos optan por lo tradicional, otros disfrutan zambullir los dedos de los pies en la sopa. Seis cirios derretidos. De la superficie cutánea a los confines anatómicos del plato principal. Inician por el vientre. Lucía lo abre de forma perpendicular y extrae el tubo intestinal. Raja con cuidado la manguerilla para succionar la mezcla del conducto; relame la baba espesa como coctel. Alma le arranca las tetillas con las pinzas de sacarse los pelos de la nariz y le clava el tenedor en el ombligo, lo gira con fuerza hasta prensarle la piel entre los dientillos metálicos y destroza por completo cada parte de él. Saborea la mugre y la pelusa que atesoran los arrabales del ombligo. Suben. Los cuchillos escarban el interior de la cabeza y el metal produce un sonido hueco al friccionarse con el cráneo. La corteza de la testa se va desgajada entre los dientes de Verme: un brusco tajo desde la frente hasta la nuca; sin cuchillo. Las uñas como garras tiemblan conforme le acaricia los dos remolinos que tiene en el centro de la cabeza. Voltean el cuerpo. El mango de las cucharas entre las escápulas y la columna vertebral. Bajan. Con los cubiertos fijados detrás de los muslos, abren de un tirón el tejido. La piel. De un tasajo. Un zíper que conecta la entrepierna con los tobillos. Empapados en sangre. Ensimismados. Engullen el guisado parte por parte. Lo tragan con fuego consumidor. Las ascuas del Reino licúan las carnes en forma de torbellino. Todo arde en el comedor. Los cirios estallan. Seis sillas bañadas en tinte púrpura. Parte de la mesa colapsa y se forma un arco de sangre sobre ella. Cegados por la luz de las Alturas, a mitad del éxtasis sobrenatural, caen seducidos en el río de sangre. La redención los espera. Una vez más prueban la liberación. Satisfechos. Las aguas apaciguadas. Un destello de tranquilidad concluye el festejo. «¡Mija!, ¿Y mi Aurora?» Debajo del mantel. Encarna un espectáculo con las sobras del festín. Juega, Aurora, pero no te los lleves todavía. No todavía. «¡No me llorés! Las niñas tan bonitas como vos no lloran, entendelo. ¡Pero mami, nada! Ahora te comés esa mierda o te la meto por las orejas.» Llanto entre cabellos de miel y saliva de animal. Mas los quejidos retumban por toda la casa.

Y se levantó. Se estancó sobre el suelo, sin abandonar un instante los ojos del lienzo: idéntica espectáculo de sí misma. Pero cayó. En plena función, defunción. No dejó de fantasear, no, de fantasearse. La Galería: a punto de cerrar. «¡Sáquenla de la sala, que ya huele a muerto» ¡Ya es hora! Sí, 44, 45, 44, 45…

Jimmy Castro Miranda, 6 de julio de 1994. Nació en Turrialba, pero actualmente vive en Cartago. Estudia Enseñanza del español en la Universidad Nacional (UNA). 
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