Literatura y Música.

Cuento | Relato de una ciudad centroamericana imaginada por una feminista sin miedo al futuro

en Cuentos/Narrativa

 

Acostumbraba estaba a escuchar mitos urbanos, los poetas siempre suelen inventar historias de lo que les  pasa en sus borracheras, si no a ellos a algún estudiante de filosofía o artes dramáticas que ronde las esquinas de las ciudades universitarias y tome guaro hasta las 3 de la mañana. Yo conocí a muchos poetas, estudiantes de teatro y filósofos,  era joven y mujer y entonces, como ha sido siempre, no éramos muchas las chicas en los círculos ilusorios de bohemios viscerales. Recuerdo historias de tipos que caminaban kilómetros, -yo me vine caminando borracho desde Guanacaste- me dijo un hermosos prototipo latinoamericano antes de besarnos los labios y el corazón.  Leonardo uno de ellos había conocido a Ernesto Cardenal en Nicaragua. Él un militante de la izquierda burocrática costarricense en medio de una  convención de izquierdas centroamericanas en Chinandenga,  se encontró con el poeta en el baño de caballeros. Casualmente entraron juntos y después de unos minutos Cardenal gritó por auxilio, se había quedado sin papel higiénico, Leo  le ofreció el pedazo de papel, no sin antes  garabatear sobre él un par de versos pomposos y modernos acerca de la revolución y los misterios de la vida, lo extendió rápidamente a Cardenal, este lo tomó y se limpió el culo, -en eso consiste la juventud- me decía Leo,  -es la mierda de los poetas-. Yo, como era de esperarse,  me enamoré de unos cuantos de esos hijitos de Adán, era inevitable no resbalar por sus pieles morenas, hacer un sueño en  las venas saltadas de sus brazos o dibujar con ellos las esperanzas amarillas de las 6 de la mañana. Nada se compara, en lo que a placer carnal se refiere, al sudor del pecho de un hombre recostado sobre mi espalda.  De entre tantos tuve algunos novios, tres para ser exacta y nada formales para ser precisa,  y otros, la  mayoría, amantes de dos o tres noches,  hasta el punto del aburrimiento. También y de esto puedo enorgullecerme, tuve algunos buenos amigos, hombres igual de confundidos y desorientados, buscando algún futuro entre los libros, tomando café sin endulzar, borrachos todos, con sueños la mayoría, felices casi ninguno, hombres al fin llenos de soledades. Así que cuando conocí a Zulay decidí transformarme y ser parte de una secta suburbana de chicas al vapor tropical. Entre nosotras las historias no eran tan falsas, se pasaba el tiempo a gusto. Resultó un prodigio ser una borracha empedernida con otro montón de mujeres, las sensaciones se sienten en la piel de manera distinta, había algo de un placer sin culpa y una dulzura sincera que nada tenía que ver con las discusiones sobre Diderot, Bukowski o Boaventura y sin embargo sus hazañas y teorías en nosotras eran aún más vívidas. No quiero decir que a los chicos no les amara, por el contrario me encontraba con ellos en aventuras inconmensurables. Tampoco, y he de aclarar, es que con las chicas nuestras conversaciones fueran meramente sensoriales o poco académicas, era distinto, en aquel momento de mi temprana feminidad las fantasías masculinas se me amontonaban insípidas, faltas de estímulos, repetidas.

Tras seis meses de haber descubierto el feminismo más centroamericano de todos Zulay se alejó de nosotras tajante y sin aviso. Por tres años no contestaba mensajes ni llamadas, no participaba de nuestros encuentros de café y estudio, o de los viernes de guaro en Alcatraz, ni de las manifestaciones ni de nada. Sabíamos durante los primeros meses de su desaparición,  un poco sobre su relación a noche y sombra con Jessenia y las horas de madrugada en que visitaban las casas clandestinas de juegos sádicos en el este, nada en aquel momento demasiado preocupante siendo Zulay la más  aventurera de todas. Jessenia era ciertamente incompatible con nuestra sororidad, nunca se acercó demasiado a nosotras, se mantenía distante y de paso, con una sonrisa complaciente y atrevida. Se había educado en Buenos Aires, el primer mundo del arte latinoamericano y  daba clases de ballet a niñas ricas, estudiantes del Humboldt y el San Francis. Venía de una familia acomodada y vieja del este de San José, no veía problema entre su anarquismo corporal y las rutinas del padre nuestro en las mesas de domingo.  A mí me parecía un juego de abalorios, un ruido que no tenía eco, sutil, y desapercibida y sin embargo radiaba con la fortaleza corporal y la belleza de ser mujer autónoma en el siglo XXI. No tenía problemas en abrir su piel al placer de unos dedos que supieran tocarla, era sin dudarlo una chica sexi, hermosa y rara, prepotente y contenida. Muy al contrario Zulay tenía la belleza que da la pobreza, esa de huesos resaltados y piel ojerosa, la belleza del descuido y la mal nutrición, tenía  un par de piernas flacas blanquísimas, el pelo rubio le rozaba una curva en su trasero llena de estilo y belleza, curva que más que bendición estética de su pasado negro era producto de una caída de la madre a los 6 meses de su gestación. Era a  todas luces inteligente y perspicaz. No sabía decir no ante el abismo de lo atemporal. Como un perrillo callejero se encontraba cómoda durmiendo en su cuarto con sus cuatro hermanos menores o en la amplia cama de Jessenia ya fuera en Curridabat o  Esparza. Para cuando ya la habíamos olvidado, resignadas a su autonomía​ y libertad, apareció en uno de nuestros encuentros semanales sin previo aviso, la reconocimos vieja y gastada. Habló sin orden lógico de venganza, odio y sesos, nada que pudiéramos entender. Hasta que logró tras nuestros sinceros abrazos y un te de canela con gengibre concretar en su relato un pasado lleno de ecos, oscuridad y falsas reivindicaciones.

Habló de un tal Señor T, o “lobo estepario mal copiado”, como le llamaba Jessenia para burlarse, un mal amante  con excelente estuche, un engatusador de primera, que había logrado viajar en el tiempo  con muchas niñas-bien y algunas gatas. Premeditadamente las observaba contonearse, se acercaba a su círculo más íntimo. Riguroso hondaba la escena artístico-mística capitalina y mutaba delicadamente  entre Tarzán y Pepe le Pew. Sabía cómo conjugar las feromonas y la pompa, combinaba el el olor a palosanto con plumas de pavo real y una voz neomasculina ineludible. La primera en conocerlo fue Jessenia  lo encontró en una fiesta psicotrópica bebiendo sangre de becerro y  comiendo  masmelos  con sal, quedó impresionada por su acto psicomágico y juró a la Luna cogérselo alguna vez. Durante la fiesta  y después de la ingesta de marihuana se encontraron solos en un baile trans, se miraron a los ojos cartografiando la ruta de un viaje astral de ochocientos kilómetros, hablaron de Cortázar y Manu Chao. A Jessenia el tipo le resultó aburridísimo, pasco. Hablaron de teatro y neuroestetica, Jessenia habló, él asentía sin parar con la cabeza. Asquiada y con las ganas esfumadas entre las mangas le pareció que debía de asumir la próxima media hora como un sacrificio, había hecho una promesa y una mujer sabe que traicionar a la Luna es quedarse sin virtud carnal de por vida, abrió las piernas, él la penetro seco y pervertido. Jessenia, hay que decirlo era egoísta. Decidió en ese momento que al haberse fallado a sí misma y a la Luna en aquella carne rancia de Señor T, debía hacer algo absoluto. Llamó a Zulay y la convenció sin mucho argumento de una nueva aventura. Fue entonces que consiguieron el empleo perfecto para Zulay, repartidora de volantes en la avenida central, un empleo casual y sin mayor compromiso, apenas lo que una chica pobre y con deseos de superación necesita. Aprendieron la ruta exacta de Señor T, le contaron las horas, las veces que parpadeaba, a quién miraba desapercibido en su tránsito diario por la capital y esperaron a la siguiente Luna Llena. Era de tarde, las alcantarillas desbordaban basura y agua, un invierno esperadísimo acababa de ser recibido por una ciudad cada vez más insípida y maloliente.  Señor T, recibió un papel publicitario con contenido académico -¿Desea aprender inglés?-  en él más que letras azules se encontraba la oportunidad de un nuevo cuerpo. Zulay le entregó el papelito mirándolo fijamente con ojos de Monalisa en celo. Para Señor T  no era habitual la conquista de chicas pobres y simples como Zulay  pero ella supo exponer su fuerza e inteligencia con un guiño y el roce de la mano, para él fue imposible no  responder desde su orgullo de macho, esa misma noche se cogieron en el primer motel que encontraron sin demasiada algarabía o parsimonia.

Por su parte y a pesar de las decepciones Jessenia seguía habituando las carnes de Señor T, lo buscaba para burlarse de él, como parte de un plan superior. Tenía con él una relación metafísica de postales en Facebook  y viernes de teatro. La excitaban a un punto incontrolable las carcajadas que desprendía Zulay cuando ella le contaba de la manera más exagerada  sus aventuras  con  T.  Dos o tres historias sobre el discurso absurdamente analítico dilucidado por T sobre las obras de teatro en cartelera, le aseguraban las  risas de toda la noche y la complaciente aceptación de sus caprichos. Para Jessenia, Señor T significaba el arte de enloquecer a  Zulay. A este punto de la historia nosotras escuchábamos atentas, pero no del todo sorprendidas Zulay nos aseguraba que para ese entonces  el contacto físico con Señor T no le significaba más que la satisfacción de su afán de casualidades, y que además se  divertía en complacer los caprichos psicológicos de Jessenia. A mi me resultaba difícil prever un mal final o alguna situación incontrolable producida por el extraño trío. Zulay siempre sabía mantenerse a salvo alborde del abismo.

-Zulay tenés que embarazarte, esa fue la promesa que le hice a la Luna engendrar un niño que lavara los errores de su padre. El tipo ese no puede andar regando semen por toda la ciudad así porqué sí, es hora de que se traume, no se puede tomar sangre de becerro y pasar como cualquier otro macho absoluto ¿quién se cree? Además yo ya me cansé de andar pintando sonrisitas en cada evento de viernes por la noche. –  No seas tan idiota Jessenia ¿qué te pasa? Yo ni loca me embarazo, además esto no sería una simple venganza se trata de traer una persona al mundo, me voy a cagar en mi vida con un chiquito. Embarazate vos si eso es lo que querés. – Linda tranquila, a ver respiremos, esto es un plan sagrado. No te preocupés del niño nos deshacemos rapidito, confiá en mí. Yo lo haría te lo juro, pero esa es tu parte del plan, vamos a estar bien vas a ver. Tenemos que llegar hasta el final con esto, es solo parte del juego.-Yo no tengo plata ni para mí, como voy a alimentar a un  carajillo, no ves que ni tetas tengo, estoy en los huesos. Además ese hijueputa T de seguro se larga y me deja viendo para el ciprés. Yo no voy a tener ningún güila, quien quiere ver a mi mamá jodiendome la vida por zorra. – A ver vamos a tomarnos esto con calma. Del chiquito y la palta no te preocupés yo te ayudo con eso. Señor T, te prometo no se va a largar, no ves que un hijo es la prueba impune de cualquier semental. -No Jessenia no. Vos no tenés una puta idea de que es ser pobre, vos no sabés lo que es lidiar con buscar un huevo para ver si acaso se come más que arroz en una semana. En serio vos pensás que soy tan estúpida como para embarazarme. Sí, yo la paso bien estando al borde de la zozobra, burlándome de T, estando cerca de tuyo, sí soy atrevida, casual, pero si creés que por eso voy a embarazarme no me conocés. Yo tengo prioridades y nunca han sido tener un hijo.

Jessenia, mudó su piel a la de una gata caprichosa y tierna, cambió su estrategia, fue más dulce con Zulay, le dio más espacio, la dejó alejarse, extrañarla y volver. Entones de su boca salieron mil argumentos esotéricos, el horóscopo, el calendario maya, la predestinación, las líneas de la mano,  hasta que Zulay manipulada y confundida acepto embarazarse. Señor T supo de la noticia a las 6 semanas de gestación, se sintió dichoso, extasiado, ser padre era un sueño de macho alfa, verse semilla le pareció maravilloso, la concreción de su virilidad. Jessenia consiguió un empleo para la madre de Zulay, alquilo un apartamento para ella y el niño. Estaba completa y segura tenía el control absoluto sobre Zulay, era la  diseñadora y salvadora de su vida, todo parecía ser una bendición  Lunar. – Me alegra muchísimo que todo esté yendo tan bien- le susurró Jessenia a Zulay justo despues de una maravillosa tarde de orgasmos multiples –  pero es momento de acabar con esto, hay que hacer sufrir a T, el niño ya va para el año y no podemos permitir que genere tanto afecto en quienes le rodeamos. Además vos sos la que más querés deshacerte del chiquito y su padre. Zulay horrorizada y perpleja ante la propuesta de Jessenia le gritó que realmente estaba loca y se alejó rotundamente durante dos meses. Nosotras no entendíamos nada de los últimos minutos de la historia y la creciente ansiedad en el rostro de Zulay. Nos contó  cómo Jessenia no tuvo otro remedio que utilizar la presión, superstición y las drogas para convencerla de terminar,  -ya habían logrado llegar hasta ese punto y no podían darse por vencidas-. Así que Zulay sin fuerzas y bajo un efecto irremediable de los psicotrópicos llevo a cabo la última parte del plan.

Señor T para aquel entonces se había volcado en un ser más claro de ojos pálidos, la historia de su hijo habitaba los espacios concurridos de chicas lindas, su fama ya no era la misma, ahora era un padre responsable. Aparte de Zulay y Jessenia no había cogido con nadie desde el nacimiento del niño. Padecía de dolores de cabeza, se conservaba frío como una lagartija,   vomitaba día por medio. -¿Hoy venís?- escribió Zulay por whatsapp a T el día de las últimas consecuencias.  Esa tarde alistó juguetes y ungüentos para el niño y se acercó ansioso a la casa de su hijo. – Entrá, estoy acá en el cuarto, vení que el niño está dormido…- Señor T entró a la habitación, Zulay estaba en el fondo, sentada al mejor estilo “yogui”, los goterones de la  sangre le corrían desde sus labios, por encima del niño y entre sus pechos, chorreaban por sus codos y estómago hasta sus piernas y la sábana amarilenta. La pequeña cabeza del niño apretujada entre las manos de su madre, su cuerpecito guindando.  Como en una película gore Zulay se alimentaba tranquilamente del cerebro de su hijo. Poco a poco le  revolvía la masa gris con un tenedor y tragaba sesos sin masticar, sorbiendo a poquitos, agua de la botella. -Ay T que te pasa no pongás esa cara, vení sentate, es psicomagia- Señor T corrió desconsoladamente hasta perder el cuerpo, llamó a Jessenia, ella lo esperaba desnuda  con olor a palosanto y miel, T entró en la cama de Jessenia y no dudo en descargar toda su furia en aquella vagina convertida en vorágine, él era el macho de eso no podía quedar duda pasara lo que pasara, se desbocó en gemidos de placer y dolor, escuchó el pálpito y ritmo de Jessenia y se dejó llevar por ella tranquilo y cachorro, nunca había cogido también, aceptó todas sus necesidades, logró amedrentar su apetito de macho y entregarse en una pasión carnal fuerte y cálida, al fin parecía conectarse, darse cuenta que no estaba regando semen entre su palma.

Justo antes del clímax  Jessenia lo miro sonriente y directo  -¿Se comieron a tu hijo cierto?-  Dio algunos segundos, los necesarios para el trabajo de la locura, y se despegó de él, lo dejo solo entre convulsiones, miel y el palo santo.

Silvia Elena Guzmán Sierra (1991) San José, Costa Rica. Feminista. Graduada de Relaciones Internacionales por en el 2014, estudiante de filosofía por gusto y capricho desde el 2012. Poeta, actriz de teatro espontaneo y gestora cultural por vocación y amor, co-fundadora del Círculo Literario Vertedero Satélite por la mera esperanza.
Comenta
Ir a El Cielo