Literatura y Música.

La Falsa Apoteosis de Genaro.

en Cuentos/Narrativa

Llevaba rato sintiéndose así y por supuesto que no le gustaba nada. El pequeño lloraba desde hace horas y, pese al dolor,  no dejaba de mover desesperadamente ese huesito con piel que se le hinchaba cada vez más. ¿Cómo era posible que ese dedo minúsculo, casi sin carne, pudiera sostener tal protuberancia? Si tan solo pudiera callarlo podría pensar mejor en sí misma y en el modo de erradicar la amargura que la había adormecido ante la vida. Y es que no podía sacarse de la cabeza que le había gritado que se fuera, como único recurso ante el nerviosismo y el odio, fue lo único que pudo hacer después de temblar y balbucear palabras sin sentido y por esto se reprochaba el no haber sido todo lo cruel que hubiera deseado. Estaba molesta porque con tanto rencor que guardaba, eso había sido lo único que había sido capaz de pronunciar y, por supuesto, el hombre no le hizo el menor caso.

Sabía que él también sufría tragando amargo, haciéndose venenoso al igual que ella, y a causa de esto no se acercaba más al corredor ni intentaba levantarlo de su asiento, porque aunque  odiaba esa pose que fundía la piel áspera y curtida con la silla, le recordaba a los bichos de palo, pero en medio del alcohol, los suspiros y el tabaco. Su marido le causaba repugnancia y le daba miedo. Sin embargo, había aprendido a vivir con eso hasta hoy, porque de todos modos ella también era de palo. Por eso, le sorprendía que el niño todavía no se hubiera vuelto como ellos y llorara tanto ante una picadura, que a pesar de que debía causarle mucho dolor, no era nada comparado a lo que lo esperaba en esa casa. El padre continuaba estático, el niño insoportable y ella estaba furiosa. Tanto, que de la ira apretaba los labios y le centelleaban los ojos semejantes al metal del cuchillo para cortar carne que brillaba sobre la mesa y que no era menos letal que aquellos.

Ahora, el pequeño se retorcía sobre el piso de tierra, pues todavía tenía esperanza de que algo de lo que podríamos llamar teatralidad conmoviera el corazón de la madre, o que por lo menos interrumpiera su mutismo. Las pequeñas manos suplicaban, rasguñaban el suelo, agarraban la enagua y revolvían la tela y gracias a esto, por fin la mujer terminó fijando sus ojos en los del niño con una mirada colérica. Enérgicamente levantó el brazo y de un manotazo le cerró la boca.

Genaro seguía llorando, pero ya no emitía sonido. Las lágrimas brotaban sin parar de la mirada que se tornaba turbia, y un sentimiento de tristeza que vino con el golpe, le pesaba en el pecho. Quería desaparecer, huir, morir o dormir, verbos que en su situación significaban lo mismo. Simplemente deseaba no estar, pero solo pudo encogerse en un rincón como su madre quería.

Pero, antes de que la madera roída y el recuerdo de la mano dura lo convirtieran en un objeto más, pensó que debía alejarse y solucionar solo su problema. Entonces,  pensó en Tito, como llamaba a su abuelo cuando vivía, y recordó sus palabras, el olor a Zepol que despedía, el malestar de la picadura y además, una posible solución. Éste le había contado que, según los campesinos de antes, si picaba un bicho para evitar el mal de la ponzoña, se debía de atravesar al insecto de lado a lado mientras se le clavaba en un tronco.

Después de darle vueltas al asunto, y aunque estaba triste, tenía el dedo hinchado y le ardía, salió corriendo como en los tiempos de recreo, pues iba de cacería para salvar una parte de sí. Por esto partió de la casa atravesando el pasadizo, la puerta y el corredor como alma que lleva el diablo, dejando a su madre envuelta en los oscuros pensamientos que ella misma tejía, y a su padre sentado sobre la vieja silla como todos los días: mostrándose casi inofensivo, con la miseria hundida en esos ojos amarillos que parecían no mirar.

Ahora debía recordar, pero el insecto que le había picado se le presentaba extraño en la memoria. Era como una rama, pero no como una de esas mulas del diablo con las que solía jugar y que no le causaban ningún daño. Parecía tener a los lados espinas duras y afiladas como las de los limoneros, se movía mucho menos que los otros y su color era como el de un tocón anciano y quemado por el tiempo, que solo podía servir para panal o para nido. También, era mucho más complejo y grueso que sus juguetes de turno, pues debía de sostener dos bolsas coloradas que bien podrían pasar por pequeños frutos. Por eso le había gustado tanto antes de que lo mordiera y lo había codiciado como a ningún otro de su clase para su colección. Le recordaba en algo a su padre y quizás podría traer a éste a la vida, porque desde que el chico tuvo conciencia de sí, el hombre solo existía para fumar, tragar y contemplar la nada.

— Si un hilito de humo se asomara de por ese cuerno y tuviera los ojos amarillos…— Pensaba Genaro.

No sería necesario describir los segundos que vinieron después de que al niño le surgiera la necesidad imperiosa de poseer la alimaña, pues su dedo enrojecido y agrandado por mucho, nos basta para suponer lo que en ellos pasó, pero se debe reparar en la determinación que ahora muestra, pues apretando los labios y sacando quijada como antes lo hacía su madre, a pesar de tener ya una mano totalmente entumecida, mantiene la navaja de su padre lista en la otra para congeniar lo necesario con lo inevitable.

En ese momento sublime, el pequeño eslabón del bosque presiente su muerte y deja escapar un chirrido cuando percibe al niño y la vida del monte también conoce esto y más. Ora llora la quebrada, ora cantan los grillos. Genaro lo ha divisado sobre un tronco, enérgicamente levanta el brazo y de una estocada corta el sonido. Lamenta perder la navaja, pero el cuerpo debe permanecer en ese estado hasta que se haya desecho, además no hay que pensar mucho en eso, pues tiene que estar pronto en el rancho. En unos momentos la picadura y sus efectos desaparecerán y quizás por el milagro, sus padres  le miren bonito, como a un hombre valiente, como él miraba al abuelo.

Entonces, el niño héroe corre como nunca sintiéndose aire, con el pecho hinchado cargando orgullo y esperanza, atraviesa matorrales esquivando ramas y piedras, hasta que finalmente se encuentra a la entrada de la casa. Genaro, con pisadas fuertes traspasa la puerta y extiende la mano, pero, justo en ese instante la imagen lo paraliza. Su madre estaba peor que nunca, tirada en el corredor, con las extremidades plagadas de cortes y a poca distancia del padre echando espuma por la boca, agitando contra la tierra los miembros que aún podía mover. Mientras tanto, el hombre de palo, con la piel parecida a la corteza de un tocón viejo, que solo sirve para panal o para nido, mantenía los ojos fijos en la nada con el cuchillo de carne que lo clavaba a la silla, y su mano… La mano de Genaro parecía que iba a estallar en sangre.

Llevaba rato sintiéndose así y por supuesto que no le gustaba nada. El pequeño lloraba desde hace horas y, pese al dolor,  no dejaba de mover desesperadamente ese huesito con piel que se le hinchaba cada vez más. ¿Cómo era posible que ese dedo minúsculo, casi sin carne, pudiera sostener tal protuberancia? Si tan solo pudiera callarlo podría pensar mejor en sí misma y en el modo de erradicar la amargura que la había adormecido ante la vida. Y es que no podía sacarse de la cabeza que le había gritado que se fuera, como único recurso ante el nerviosismo y el odio, fue lo único que pudo hacer después de temblar y balbucear palabras sin sentido y por esto se reprochaba el no haber sido todo lo cruel que hubiera deseado. Estaba molesta porque con tanto rencor que guardaba, eso había sido lo único que había sido capaz de pronunciar y, por supuesto, el hombre no le hizo el menor caso.

Sabía que él también sufría tragando amargo, haciéndose venenoso al igual que ella, y a causa de esto no se acercaba más al corredor ni intentaba levantarlo de su asiento, porque aunque  odiaba esa pose que fundía la piel áspera y curtida con la silla, le recordaba a los bichos de palo, pero en medio del alcohol, los suspiros y el tabaco. Su marido le causaba repugnancia y le daba miedo. Sin embargo, había aprendido a vivir con eso hasta hoy, porque de todos modos ella también era de palo. Por eso, le sorprendía que el niño todavía no se hubiera vuelto como ellos y llorara tanto ante una picadura, que a pesar de que debía causarle mucho dolor, no era nada comparado a lo que lo esperaba en esa casa. El padre continuaba estático, el niño insoportable y ella estaba furiosa. Tanto, que de la ira apretaba los labios y le centelleaban los ojos semejantes al metal del cuchillo para cortar carne que brillaba sobre la mesa y que no era menos letal que aquellos.

Ahora, el pequeño se retorcía sobre el piso de tierra, pues todavía tenía esperanza de que algo de lo que podríamos llamar teatralidad conmoviera el corazón de la madre, o que por lo menos interrumpiera su mutismo. Las pequeñas manos suplicaban, rasguñaban el suelo, agarraban la enagua y revolvían la tela y gracias a esto, por fin la mujer terminó fijando sus ojos en los del niño con una mirada colérica. Enérgicamente levantó el brazo y de un manotazo le cerró la boca.

Genaro seguía llorando, pero ya no emitía sonido. Las lágrimas brotaban sin parar de la mirada que se tornaba turbia, y un sentimiento de tristeza que vino con el golpe, le pesaba en el pecho. Quería desaparecer, huir, morir o dormir, verbos que en su situación significaban lo mismo. Simplemente deseaba no estar, pero solo pudo encogerse en un rincón como su madre quería.

Pero, antes de que la madera roída y el recuerdo de la mano dura lo convirtieran en un objeto más, pensó que debía alejarse y solucionar solo su problema. Entonces,  pensó en Tito, como llamaba a su abuelo cuando vivía, y recordó sus palabras, el olor a Zepol que despedía, el malestar de la picadura y además, una posible solución. Éste le había contado que, según los campesinos de antes, si picaba un bicho para evitar el mal de la ponzoña, se debía de atravesar al insecto de lado a lado mientras se le clavaba en un tronco.

Después de darle vueltas al asunto, y aunque estaba triste, tenía el dedo hinchado y le ardía, salió corriendo como en los tiempos de recreo, pues iba de cacería para salvar una parte de sí. Por esto partió de la casa atravesando el pasadizo, la puerta y el corredor como alma que lleva el diablo, dejando a su madre envuelta en los oscuros pensamientos que ella misma tejía, y a su padre sentado sobre la vieja silla como todos los días: mostrándose casi inofensivo, con la miseria hundida en esos ojos amarillos que parecían no mirar.

Ahora debía recordar, pero el insecto que le había picado se le presentaba extraño en la memoria. Era como una rama, pero no como una de esas mulas del diablo con las que solía jugar y que no le causaban ningún daño. Parecía tener a los lados espinas duras y afiladas como las de los limoneros, se movía mucho menos que los otros y su color era como el de un tocón anciano y quemado por el tiempo, que solo podía servir para panal o para nido. También, era mucho más complejo y grueso que sus juguetes de turno, pues debía de sostener dos bolsas coloradas que bien podrían pasar por pequeños frutos. Por eso le había gustado tanto antes de que lo mordiera y lo había codiciado como a ningún otro de su clase para su colección. Le recordaba en algo a su padre y quizás podría traer a éste a la vida, porque desde que el chico tuvo conciencia de sí, el hombre solo existía para fumar, tragar y contemplar la nada.

— Si un hilito de humo se asomara de por ese cuerno y tuviera los ojos amarillos…— Pensaba Genaro.

No sería necesario describir los segundos que vinieron después de que al niño le surgiera la necesidad imperiosa de poseer la alimaña, pues su dedo enrojecido y agrandado por mucho, nos basta para suponer lo que en ellos pasó, pero se debe reparar en la determinación que ahora muestra, pues apretando los labios y sacando quijada como antes lo hacía su madre, a pesar de tener ya una mano totalmente entumecida, mantiene la navaja de su padre lista en la otra para congeniar lo necesario con lo inevitable.

En ese momento sublime, el pequeño eslabón del bosque presiente su muerte y deja escapar un chirrido cuando percibe al niño y la vida del monte también conoce esto y más. Ora llora la quebrada, ora cantan los grillos. Genaro lo ha divisado sobre un tronco, enérgicamente levanta el brazo y de una estocada corta el sonido. Lamenta perder la navaja, pero el cuerpo debe permanecer en ese estado hasta que se haya desecho, además no hay que pensar mucho en eso, pues tiene que estar pronto en el rancho. En unos momentos la picadura y sus efectos desaparecerán y quizás por el milagro, sus padres  le miren bonito, como a un hombre valiente, como él miraba al abuelo.

Entonces, el niño héroe corre como nunca sintiéndose aire, con el pecho hinchado cargando orgullo y esperanza, atraviesa matorrales esquivando ramas y piedras, hasta que finalmente se encuentra a la entrada de la casa. Genaro, con pisadas fuertes traspasa la puerta y extiende la mano, pero, justo en ese instante la imagen lo paraliza. Su madre estaba peor que nunca, tirada en el corredor, con las extremidades plagadas de cortes y a poca distancia del padre echando espuma por la boca, agitando contra la tierra los miembros que aún podía mover. Mientras tanto, el hombre de palo, con la piel parecida a la corteza de un tocón viejo, que solo sirve para panal o para nido, mantenía los ojos fijos en la nada con el cuchillo de carne que lo clavaba a la silla, y su mano… La mano de Genaro parecía que iba a estallar en sangre.

Victoria Marín Fallas (Costa Rica, 1991) es estudiante de Bachillerato y Licenciatura en
Filología Clásica en la Universidad de Costa Rica. Ha participado en talleres literarios
como Poiesis y Taxidermia del Cuento.
A principios del 2016 realiza su primera publicación en la Revista Itálica de la universidad
española Pablo de Olavide, con el relato de alusiones míticas El gato negro y Galatea. Sin
embargo, la mayoría de sus creaciones aún permanecen inéditas.
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