Literatura y Música.

Cuento: Los Microscopios del Profe Alejandro – Revista Antagónica

en cuento
[Ilustración de Laura Sotelo Ayuso]

I

Hablaban sobre los microscopios. Muy de cerca. Cada tanto el director miraba por encima del hombro de Alejandro para asegurarse de que no estuviéramos escuchando, pero sólo alcanzábamos a escuchar la palabra microscopios. El director movía las manos, las alargaba, las acercaba y arrugaba la cara cuando empezaba a susurrar. Alejandro y yo sólo veíamos los hombros subir y bajar una y otra vez. Los microscopios habían desaparecido dos semanas antes y los usábamos para todo. Para ver tabletas de sangre o la grandeza condensada de los insectos que lográbamos matar. Veíamos hojas. Veíamos distintas tablas de distintas maderas. Veíamos trozos rasgados de tela. Veíamos los tornillos de otros microscopios con los que veíamos muchas otras cosas más. Ese año Ciencias se convirtió en nuestra Era del Zoom.

Pero entonces Alejandro empezó a tartamudearle en susurros al director. A alzar más los brazos y abrir las manos. El director nos observaba con más frecuencia. Turnaba la cara de Alejandro con todas  nuestras caras. Empezaba a enojarse. Le ponía los ojos en blanco y decía que por favor Alejandro muchas veces. Conforme más rápido susurraba, más parecía que dejaba de hacerlo y tomaba un tono natural. Hasta que el director se hartó de disimular el volumen y empezó a decir con normalidad que sí, que sólo él había podido ser, que no pasaba nada, que los devolviera, que por favor, Alejandro, vamos, el comité, Alejandro, no pasa nada, que quién te va a juzgar, vamos, Alejandro, que la escena. Pero a él no le importa y se altera revolviendo el aire que hay entre él y el director y que los estudiantes, que mejor lo discutimos más tarde pero, Alejandro, si hasta hemos dormido juntos. En el momento costó diferenciar si los hombros o la espalda de Alejandro se movían, si respiraba, si el director seguía hablando.

II

Cuando se está afuera de la corte hay un cosquilleo que predice caca fantasma, caca falsa. Adentro, un policía de uniforme más oscuro nos dirige a una habitación que no se parece en nada a lo que uno imagina como una corte. No hay un juez con bata, no hay un estrado alto para el juez. No hay un estrado menos alto para testigos que juran decir la verdad y nada más que la verdad con la mano sobre la Constitución. No hay puertas lo suficientemente anchas para que alguien las abra de golpe, interrumpa la sesión y haga una escena lo suficientemente dramática para cambiar la dirección del juicio. Es sólo un cuarto medianamente grande con muchos ventiladores y una torre de sillas apiladas. Una mesa larga con un pichel de agua-temperatura-ambiente en el centro. Un señor que parece ser un juez. Un ventanal con persianas torcidas.

Somos siete adolescentes y dos señores que se ignoran con sus respectivos abogados. Alejandro trajo testigos de más. Pensó que en un caso de difamación pública, o humillación pública, o lo que sea que haya cometido el director, mientras más testigos, más probabilidades de salir ganando tendría. Éramos siete. Muchos chamacos, dice el señor más parecido a un juez. Dos de nosotros se quedan apoyados en el marco de la puerta, casi afuera. Todos serios y con las bocas abiertas. Es como una excursión incómoda. Todos sudamos nuestras camisas más formales.

El juicio sucede lento. El abogado de Alejandro, un muchacho concentrado que parece menor que él, lee su declaración, sus exigencias, sus apoyos legales y todo lo que se lee para tener la razón en un juicio. El director en realidad no hace nada. Sólo mira a su abogado, su abogado le hace alguna cara y vuelve a ver al ventanal con la misma seriedad. Alejandro saca y revisa papeles. Se inclina tembloroso hacia su abogado, retoma postura y revisa de nuevo los mismos papeles. Asiente a lo que va diciendo el juez. Sus dedos no se quedan quietos. Pasan de su boca al borde de la mesa, a las grietas que le encuentra, luego hace colochos reducidísimos con su cabello, rasca la parte posterior de su oreja y regresa el dedo a la boca. La rodilla salta con un ritmo cardíaco que podría ser alarmante. Alterna la derecha con la izquierda y por un rato deja ambas quietas. Todo es muy diplomático. Nadie grita ni se hace señas. Nosotros nos quedamos callados y comprimimos las risas cuando alguno de los señores dice en voz muy seria algo que podríamos mal pensar muy bien. Cuando el peligro de risa desaparece, nos aireamos las camisas y recobramos la seriedad muda hasta que mencionan alguno de nuestros nombres.

Sólo nos toman la palabra a tres. Nos preguntan si es cierto lo que dijo el director, si se lo dijo específicamente a Alejandro, si antes habíamos escuchado del director juicios similares. Entonces volvemos a ver a Alejandro, con un dedo en la boca, con alguna uña cediendo. Sí señor, sí señor, no recuerdo. El juicio se extiende casi una hora y media. El juez le otorga la razón a Alejandro y el cumplimiento de algunas de sus peticiones. Pocas. Alejandro abraza al abogado y nos dirige una sonrisa.  Gracias, chicos. Vamos a almorzar. Yo invito. Nos dan una hoja para firmar como testigos suyos. Ninguno es lo suficientemente mayor para haber considerado alguna firma formal, así que escribimos nuestros nombres completos con caritas felices o códigos numéricos.

Salimos de la habitación y el director se queda en su silla. La inclina de adelante hacia atrás. Observa a Alejandro recoger sus cosas, acomodar su portafolio, salir junto a su abogado y despedirse en la puerta. El director me vuelve a ver a mí, sudoroso, y yo le quito la mirada. Su abogado habla de cerca con el juez. Le sonrío a Alejandro con la misma emoción con que se nos acera y no sé bien por qué. Sólo sé que ganamos un juicio.

III

Nos sentamos en una de las mesas que dan a la ventana. No dejamos de movernos porque no dejamos de apreciar el acolchado de los asientos. De todos los que fuimos al juicio, sólo quedamos cuatro. En todo el camino Alejandro no dijo nada. Siquiera preguntó si preferíamos alguna pizzería en especial. Ahí sentados nuestras caras son las mismas y Alejandro comparte algo similar a nuestra alegría. Recordamos la cara de derrota con que se quedó el director, cómo alguno de nosotros sobrevaloró la emoción del momento y al darse la sentencia le gritó casi tosiendo tómela al director. Nos reímos antes de hablar y seguimos riéndonos. Nunca nos imaginamos poder hablar así del director junto a un profesor. Alejandro nos escucha y sonríe con la boca abierta, tragando una cantidad infinita de aire. Voltea la cabeza hacia el centro del restaurante, alza la mano con hambre tímida.

Alejandro pide dos pizzas medianas. Una suprema y una solo de jamón. Dice unos cuantos chistes respecto a los que no comen suprema, nosotros nos reímos con él y terminamos riéndonos solos. Alejandro por mientras, se queda viendo hacia la ventana y sostiene la mitad de un slice en la mano. Hacemos figuras con los arcos de agua que estampan los vasos en la mesa. Creamos siluetas grasosas de aceite y agua. Desde muchos ángulos, parecemos una mesa feliz. Desde muchos ángulos, también, Alejandro es sólo un hombre que ve hacia el parqueo desde la ventana y busca su carro indeterminadas veces en una multitud de carros parqueados.

No queremos hablar sobre eso. Al menos con Alejandro ahí. Entendemos que no podríamos hablarlo. Lo limitamos casi todo a un favor que traería preferencias y comida. Durante todo el almuerzo, podía ser que supiéramos algo o que no lo supiéramos. Que entendiéramos qué significaba que hubiesen dormido juntos él y el director. A eso nos sabía la pizza.

Alejandro varía los trozos de forma regular. Suprema, jamón, suprema, sorbo de fresco, jamón, suprema, sorbo. No deja de hacernos creer que pone atención a lo que decimos. Por momentos saca pecho intentando enderezar la espalda y después de ciertos mordiscos vuelve a jorobarse con los codos sobre la mesa. Por un momento, me detengo en él con la misma calma con que vería hormigas haciendo caminos en láminas de vidrio sobre la luz de un microscopio.

Cuando terminamos de comer, Alejandro nos vuelve a agradecer la ayuda. Esta vez levanta un vaso hacia nuestros ojos. Posiblemente alguno también levanta el suyo pero estamos muy llenos para entrar en cordialidades. Una amiga le pregunta qué sucederá con los microscopios. Él se encoge de hombros, inclina su rostro hacia el vaso que tiene en frente y tuerce la quijada de una manera extraña, como si se movieran gases entre su mandíbula. Dice que no sabe. Que podrían volver a aparecer. Que sería decisión del director si volver a comprarlos. Y entonces yo espero que llore o maldiga a alguien. Que nos dé una analogía científica-legal sobre el juicio o simplemente nos pida que lo olvidemos. Que se extinga. Se levanta, va al baño y vuelve sólo para despedirse. Nos da la mano a cada uno y nos quedamos mirando hacia el parqueo, viéndolo abrir la puerta, tantear la reversa y finalmente irse por detrás del restaurante. A alguno se le ocurrirá un comentario sobre la corte o repetirá algún chiste del director. Alguno dirá que ya tiene firma.

 

Andrés Zumbado Chacón (1998) Aserrí, San José. Estudio filología española. Escribo narrativa y poesía. Una parte publicada en una selección a cargo de Gustavo Chaves sobre escritores nacidos post-90 en El círculo de poesía de México. He tallereado con Carla Pravisani, Rodolfo Arias, con el taller FelizFeliz de Juanjo Muñoz y ahorita con Luis Chaves.
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