Carta intacta, encontrada entre los escombros de un incendio

en Cuentos/Narrativa

A quienes me quieren:

Escribo estas palabras para pedir disculpas. Perdón. No por haber matado a Alberto Poseso, el bibliotecólogo, sino por desaparecer de sus vidas sin una despedida calurosa, como me hubiese gustado.

Lo que les contaré a continuación no es para justificar los hechos, sino para completar mis disculpas. Tal vez mi historia logre dilucidar los turbios eventos y logre darles un poco de comprensión, paz y cierre que no serían posibles con mi silencio. Lo que les voy a contar es lo sucedido, es mi verdad y es lo único que les voy a dejar.

Siempre tuve una buena relación con el bibliotecólogo, era mi vecino y el amigo más cercano que tenía mi lado intelectual. No faltaron charlas de política, historia, literatura, existencialismo, epistemología o teísmo, siempre en el tono apropiado y nunca con resentimiento. Pero les digo con toda seriedad que volvería a matarlo.

Si es que la moral no es un acto racional que se puede escribir en piedra, es más un acto intuitivo. Decidir lo que es bueno o malo va en el orden de los latidos del corazón o del hambre. No se decide, se siente y se hace, lo que yo hice fue algo bueno. Y tengo muy presente que la llamada “ética” me querría condenar, más no pienso darle oportunidad a que me normalice. Además, la ética no sabe lo que está en juego, no entiende y ni podría entender. Yo solo espero que ustedes si puedan.

Alberto y yo siempre compartimos la afición de coleccionar libros extraños, siendo el Manuscrito de Voynich nuestro Santo Grial, nuestro catálogo de catálogos dentro de la Biblioteca de Babel, como diría el buen Borges. Su lenguaje encriptado, sus imágenes indescifrables, ¡los secretos que debe guardar! Siempre que llegábamos a un impase en nuestro dialogo hacíamos referencia a la enigmática obra. Seguramente ahí se alojaba la respuesta correcta, la Verdad. No era más que un juego…

La lúdica presencia de este libro en nuestras vidas nos llevó a coleccionarlo y a buscarlo en todas partes, aunque nunca intentamos leerlo. Eso no nos hacía falta pues si lográramos entender una sola palabra, se acabaría el juego. Esto cambió al encontrar un ejemplar escrito a mano, probablemente del siglo XVI, dentro de una caja de madera que encerraba el libro y parecía ser construida para que nunca nadie la abriera. Yo lo compré como un regalo en una tienda de cosas viejas, la caja estaba cerrada, pero afuera identifiqué la imperdible caligrafía y la estética de los dibujos. Se la llevé a Alberto para que el la abriera, a fin de cuentas tuvo que forzarla y romper la madera para poder descubrir el libro que había adentro.

Aquí ocurre la cosa más extraña. Alberto toca el libro y cambia. Puedo sentirlo y ustedes saben cómo. No es lo mismo tener a la madre sentada enfrente que a un vecino, o a un perro. Se siente distinto, de nuevo la intuición. Pues Alberto dejó de serlo y se transformó en una criatura monstruosa.

Su físico era el mismo, menos sus ojos, ahora verdes. Con ese par de esmeraldas empezó a leer aquel lenguaje secreto con voz difónica y labios que escurrían saliva. Al escucharlo pude sentir como el calor abandonaba mi cuerpo y de inmediato arranqué el libro de sus manos. Por un instante pude ver que Alberto seguía ahí, ahora prisionero en su propio cuerpo. Me pidió que lo llevara al baño donde vomitó una brea negrísima, luego de limpiarlo lo llevé a su cuarto. Me aseguré de que no tuviera ninguna copia del maldito manuscrito y que la puerta estuviese bien cerrada. Esa noche dormí en el sillón.

A la mañana siguiente sucedió el siniestro. Recogí el extraño libro del suelo y me puse a observarlo. No era el Manuscrito de Voynich, pero puedo asegurar que el lenguaje era el mismo. Lo dibujos habían cambiado, eran mucho más oscuros y sugerían sufrimientos terribles, ya no había botánica y alquimia, sino muerte y dolor. Justo en el medio había una ilustración impactante. Una especie de flor con pétalos puntiagudos, parecido a un pentagrama que apunta hacia abajo, rodeado por un círculo de runas, en el centro hay un humano destripado que parece gritar, aún con vida.

En ese instante escuché como se rompía la puerta del cuarto de Alberto. E aquí la escena, he procurado no dejar ningún detalle exento. Alberto estaba cubierto de su vómito negro, estaba desnudo, había perdido la mayoría de sus uñas y dientes, aunque igual sonreía como un desquiciado y sus ojos verdes temblaban. Detrás de él pude ver lo que la franja de la puerta me ha permitido, las paredes repletas de glifos indescifrables en el lenguaje del Manusrito, seguro que fueron escritas con el vómito, y en el suelo pude ver el mismo dibujo que yo estaba observando, la misma flor y las mismas letras. Solo faltaba el humano agonizante.

Alberto caminó hacia mí y no tuve razón para dudarlo. Tomé el atizador que estaba junto al hogar y lo descargué sobre su cabeza. Incluso eso fue insuficiente para detenerlo, saltó hacía mí y clavó un uña en mi cuello. Pude apartarlo y descargar el hurgón tres veces sobre su cráneo. Lo maté y lo que hice fue bueno. Lo malo fue dejarme arañar.

Lo primero que consideré importante fue deshacerme del libro maldito y alejarme del fétido hedor a muerte y descomposición que despedía el cadáver. Huele como si Alberto hubiese muerto anoche y no esta mañana. Llevé el tomo a mi casa, prendí la chimenea y lo lancé al fuego. Bastaron esos cortos instantes para que la señora Fisgo se asomara por la ventana y descubriera la escena macabra. Luego vienen los policías y las conjeturas.

No pude presentarme y confesar mis actos por dos razones. El libro era inmune a las llamas y la herida en mi cuello empezó a escocer. Se puede ver como la maldición se aloja en mis venas, un feo cardenal de color negro ya ocupa todo el lado izquierdo de mi cuello. Escucho susurros en mi cabeza.

Es contagioso. La maldad que llevo adentro solo se hará más fuerte en prisión, saltará a los otros y el libro maligno cumplirá su cometido. No puedo entregarme, debo morir y debe ser ya. Justo antes de escribir esta carta perdí por un momento el control de mi cuerpo, pude ver como mis manos entraban en las llamas, sacaban el libro indemne y lo abrían justo en el dibujo del centro. Logré sacudirme y sentir el ardor en mis manos, supe que Alberto podía ver, al igual que yo, fue testigo impotente de todo y no pudo soltarse de su encierro. Él vio como yo lo maté, pero no me preocupa, pues sé que me hubiese apoyado.

Al volver la vista al libro, pude leer las frases claras y concisas. Eso que leí no lo repetiré jamás. No hablen de eso, no busquen el libro. Me he encargado de que nadie pueda encontrarlo y voy a tomar una medida drástica ya que la situación lo requiere. La maldición venía en un objeto y se ha contagiado, ya no puedo confiar en nada. Voy a prenderle fuego a toda mi casa y a la de mi vecino para destruir cualquier rastro. Si algún objeto permaneciera íntegro, sepan que está maldito. Incluso el cadáver de Alberto en la morgue representa una inminencia, pero es poco lo que puedo hacer con el tiempo que me queda. Asegúrense de que sea cremado.

De nuevo, perdón. Debo de partir, pues ya estoy perdiendo el pulso y estoy seguro de que mis ojos son verdes. Los amo. Por eso les pido que se alejen, dejen todo atrás, no recuperen nada salvo esta carta.

Joaquín Leandro (1991) nació en Escazú y ahí ha vivido toda su vida.
Es periodista, guionista y generador de contenido para agencias digitales.
Quiere ser novelista, pero por el momento pasa las noches
escribiendo cuentos de terror que encantarían a Poe.
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