Cuento | Abril 1978

en Cuentos/Narrativa
[Illustración por Julio Escámez]

Para entender con clareza tanta energía que gira en el camino, hace falta un espejo retrovisor y atar cabos sueltos de situaciones que en lo que fue el presente, no tenían mayor indicio de relación.

Era el 78, y la turbulencia en Nicaragua desvaneció lo poco que quedaba del imaginario de frontera que divide a ese país con su vecino del sur. Compas nicaragüenses del FSLN se movían entre San José y Managua sin problema, algunos de nosotros llegamos a tener en casa varios guerrilleros y simpatizantes al mismo tiempo y en total clandestinidad.

Agudizada cada vez más la violencia, para el mes de Abril recibí un mensaje en el que se me solicitaba dar refugio a una poeta nicaragüense perseguida por el régimen somocista por su trabajo como enlace con el servicio de inteligencia cubano, ella pretendía salir de Costa Rica a Francia, yo acepte con gusto la petición, conocía personalmente a un par de comandantes del frente y me pareció interesante relacionarme con una activista que al igual que yo hacía doble jornada en el ambiente literario. Según lo planeado la poeta solo estaría en mi casa unas dos semanas, luego saldría a París. Las primeras impresiones fueron normales, una mujer con mucho carácter y dos libros de poesía erótica como referencia publicada.

La Poeta y Diana se conocieron el miércoles siguiente de su llegada en un bar capitalino donde nos reuníamos algunos escritores, recuerdo que fui yo quien las presentó, le mencioné a la poeta que Diana era cuentista (lo cual era verdad), lo que no mencioné era que nadie que la conociera había leído uno solo de sus cuentos, incluso ahora que lo pienso quizá lo mencioné solamente para que Diana se sintiera más cómoda con la poeta y tuvieran algo de que platicar entre tanta gente.

Segundos después la química fue total, la relación entre ambas evolucionó hasta al punto de que aquella noche su conversación se volvió hermética a las demás personas en el bar, yo al otro lado de la barra platicaba con dos académicos ebrios y miraba con cierta alegría el que ambas estuvieran a gusto. Hay un detalle interesante en mi memoria de aquella noche, recuerdo estar bebiendo de un vaso whiskero que tenía grabado el contorno de un revolver, y percatarme al momento de que me encontraba realmente borracho de un minuto a otro, en ese preciso instante observé las sombras de la poeta y de Diana sobre una de las paredes, sus cuerpos a contra luz de una lámpara colgante proyectaban sus siluetas interactuando una con la otra, en ese momento todo me pareció un sueño, llegando a vivir incluso una irrealidad intimidante.

Tras una primera interacción tan cálida, era de suponer que ambas compartieran muy de cerca el resto de la breve estadía antes de partir a Francia, yo disfruté aquellas dos semanas, Diana puso su cuerpo y sus noches a mi disposición, y su auto y sus días a disposición de la Poeta, dieron paseos diversos, desde viajes cortos a la playa, hasta cafeterías y visitas a la Universidad durante algunas tardes. Nunca después llegaría a ver una relación tan intensa, y al mismo tiempo, tan abrupta como la de ellas. Diana me contó posteriormente que la poeta le dio su dirección y número en Managua, así como en otros lugares en Nicaragua donde solía vivir, fueron gestos especiales que no tuvo conmigo a pesar de que yo visitaba Nicaragua con cierta regularidad.

Con los días Diana se volvió una admiradora férrea de los textos de la poeta, la recuerdo leyéndome algunos en la cama, justo después de coger, mientras mis parpados se rendían y los suyos parecían más bien tremendamente vivos, llenos de una energía que solo puede dar el entusiasmo de un libro cuando hechiza la atención del lector. Amaba particularmente la forma obscena en que los textos se referían al pene de los personajes masculinos, mediante metáforas que más bien parecían el producto de venta en una carnicería, se plasmaba en los poemas una obsesión explicita por la penetración y la eyaculación, obsesión que nunca he vuelto a leer con tal intensidad en otro autor. Diana leía y yo en mi somnoliento pensar la imaginaba en el Mercado Central comprando un trozo erecto de punta de solomo, luego yo caía dormido y ella seguía leyendo en silencio recostada en mis costillas.

Había otras ocasiones, mientras se quedaba dormida lentamente, en que la escuchaba hablarme en alemán cosas que sabía a la perfección que yo jamás entendería, cuando le llegaba a preguntar lo que me decía, sonreía suavemente y me decía “Un fragmento sombrío de mis cuentos”.

Para entender con clareza tanta energía que gira en el camino, hace falta un espejo retrovisor. La despedida entre ambas fue sencilla, un abrazo fuerte y una promesa de reencuentro de la cual fui testigo entusiasta, no hubo tristeza excesiva ni entusiasmo al futuro, fue más bien un adiós que denotaba la certeza de haber compartido una verdad divina, parecían niñas cómplices de una travesura, aquel tiempo no supe si atribuirlo al ligamen de los poemas o a una energía simbiótica que en silencio sembraron una en la otra.

Una cadena de eventos incomprensibles comenzó para mí esa misma noche. Mientras dormía, esta vez solo, tuve un sueño muy particular, en una escena silenciosa nos encontrábamos los tres en una habitación, Diana sentada sobre una silla recostaba sus pequeñas piernas sobre las mías y me pedía que se las frotara con algo semejante a un aceite aromático, posteriormente y bajo una mirada entristecida, la poeta mencionó que Diana y yo nos casaríamos jóvenes pero inmediatamente que decía esto un tumulto de moscas repugnantes entraba por su boca.

El sueño me atormento violentamente, pues a pesar del poco tiempo de conocernos y su trato obviamente más amigable hacia Diana, llegué a sentir una gran estima a la poeta, lo cual hacia dolorosa aquella parte del sueño, además, lo llegué a interpretar como una premonición del fin de mi relación con la pequeña pseudo cuentista.

Diana sin mucha explicación partió rumbo a Suecia tres meses después de aquella despedida, en la que fue la última vez que nos veríamos, dejándome una profunda tristeza no tanto por la ruptura, sino por lo frívola que resulto nuestra despedida. Sin conversaciones previas, sin meditaciones, sin un gesto claro de cariño por lo compartido, fue un “adiós” cualquiera que denotó indiferencia.

El resultado de mi luto por su pérdida giró en torno a la forma en que cogíamos, Diana fue siempre impecable en la cama, tomándome con violencia hasta que exhausto le decía “En verdad ya no puedo más…”, eso la calmaba por un momento, pero se mantenía vigilante a saltar sobre mí en el instante en que mi pene volviera a despertar. A parte del sexo decidí (quizá por despecho) desechar todo lo emocional que me generó.

Pude olvidar con rapidez a Diana, pero sucedió algo en el cuarto mes de la partida de la Poeta que hasta la fecha me atormenta, el mensaje con la noticia me llego de la propia boca de uno de mis amigos comandantes que en ese momento se encontraba en San José. Regresando de París y cruzando la frontera hondureña, la poeta llego a Nicaragua en Noviembre del mismo año, sumándose de nuevo a la lucha armada, a las dos semanas de su llegada, un comando del ejército tumbo la puerta del patio de una pequeña casa en Masaya en la que se ocultaba, y sin tomarse la molestia de detenerla o interrogarla le dispararon hasta darle muerte.

Lo de la poeta fue tremendo” me mencionó Tomas Borge una tarde dos años después, “absolutamente nadie en el ejército podía saber que ella se ocultaba ahí”. Yo guardé silencio.

Para entender con clareza tanta energía que gira en el camino, hace falta un espejo retrovisor, ahora tengo certeza, Diana jamás escribió un solo cuento en su vida y quizá tampoco le gustó la poesía.

 

-Die Nacht kommt für alle, meine Liebe.

Marcelo Valverde (1990) Escazú, San José. Trabaja en el IDELA-UNA. Actualmente estudia la maestría en Derechos Humanos – IDELA. Poeta y narrador perteneciente al Círculo Literario Vertedero Satélite.

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